miércoles, 28 de octubre de 2020


 

LOS PRIMEROS BAILES

Eran otros tiempos. Las chicas teníamos que estar a las diez en casa, como en las canciones de los Pecos, de modo que había que aprovechar la tarde. Salíamos a eso de las seis y media o siete, dábamos una vuelta por ahí, endomingadas y nerviosas, y luego nos acercábamos hasta la taquilla rezando para que no nos pidieran el carné de identidad. Había que tener al menos dieciséis para entrar al Aladino mientras que los del Arenas, que eran un pelín más tolerantes, te dejaban pasar con catorce, o hasta menos. De modo que aquella enorme sala se convertía cada domingo en una especie de guardería de preadolescentes que iban allí a fumar, a beber cocacolas y a ver si conseguían conquistar al amor de su vida. No era, pues, infrecuente, ver escenas de chicas llorando a moco tendido en la puerta porque el galán de sus sueños había sacado a bailar a la rubia oxigenada aquella que imitaba el look de Olivia Newton John, o incluso porque el pobre chaval había cogido una borrachera tonta con un par de moscateles, andaba vomitando tras una esquina y eso, para una chiquilla de catorce primaveras, era un signo inequívoco de que su amado no era más que un alma descarriada a la que debía rescatar de las garras del vicio y de la perversión antes de que echase a perder su vida para siempre.

Pero la verdad es que los calcetines tejidos por la abuela y los zapatos mocasines de tacón redondo nada tenían que hacer ante los escotes de vampiresa que exhibían esas chicas libertinas que acudían a la cita dominical pintadas como puertas y manchando de carmín las boquillas del Fortuna de los chavales que se atrevían a sacarlas a bailar. Y poco tardamos algunas en sacudirnos los prejuicios y darnos cuenta de que la virtud era un estado civil aburridísimo y de que los batidos de chocolate mejoraban bastante con un chorrotón de Soberano. Y de que tragarse el humo no era de prostitutas. Y que no pasaba nada si te atrevías a pedirle a un chico que bailase. Aunque te dijera que no.

Claro que para entonces ya habíamos saltado de la pacata pista del Arenas a la anárquica sala del Aladino, donde las novias de los futboleros hacían corrillos mientras que sus chicos se apiñaban ante la pantalla de la tele mientras que las otras, las díscolas, las despendoladas, aquéllas a quienes no quería nadie, nos acodábamos en la barra durante el tiempo de los lentos, hartas de dar calabazas siempre a los mismos pesados que recorrían el círculos el perímetro de la pista repitiendo a cada paso ese previsible: ¿Bailas?, que casi siempre se resolvía con un escueto: No.

Pero desde luego que el momento cumbre era el final de la tarde, a eso de las nueve y media, cuando la tanda de lentos terminaba y el discjockey empezaba con el hard metal, y toda la cuadrilla de heavys y porreros, algunos de los cuales se fueron hace tiempo en pos de la heroína, empezaban a rasguear sus invisibles guitarras, y la pista se convertían en un concierto de los AC/DC, gritos y saltos, botellines a morro y chupas negras. Y hasta broncas, que a esas horas estaban ya los ánimos muy recalentados y cualquier excusa era buena para organizar una pelea que acababa casi siempre con la interrupción de la música, el encendido de las luces y, a veces y según la virulencia del asunto, la irrupción de los municipales poniendo fin a la sesión y expulsando del local a los contendientes que, en no pocas ocasiones, terminaban la noche tomándose unas cañas por el tubo, de colegueo y buen rollito… como si nada hubiera sucedido.

#SafeCreative Mina Cb
Relato incluido en la publicación "Tudela en Cuento", que verá la luz en pocos días.

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