miércoles, 2 de enero de 2019




EL VESTIDO DE CRISTINA

Me imagino la escena: los creativos y el consejo de administración ahí, en una sala oscura, dándole al brainstroming para ver cómo hacer caja con el fin de año, que los anunciantes esa noche sueltan una pasta. Y uno: vamos a hacer un especial con lo más sonado en el plano deportivo, y el otro: quita quita, que eso está ya muy visto, y un tercero: vamos a emitir las tomas falsas de la cadena que da mucha risa y de nuevo: quita quieta que eso está muy visto, y alguien desde el otro lado de la mesa: vamos a hacer un concurso para ver en qué familia se atraganta más gente con las uvas, que manden fotos y eso, y el de al lado: qué dices tío, que luego alguno de los que aparecen en las fotos se mosquea y nos mete una querella con lo de los derechos de imagen... y así un montón de rato hasta que se escucha una voz (lo mismo femenina) que clama:

“¡Ya está! ¡Una tía en pelotas!

Y se hace el silencio.

“… Bueno; no del todo”

Y como tras esa puntualización todos están de acuerdo y además les parece súper original, se lanzan al debate de a quién despelotar. Y una vez tomada la determinación (un arduo proceso porque las cadenas de televisión están plagadas de chicas altamente despelotables), le comunican el fallo a la agraciada y ya la niña, pues lo típico, se va a la esteticiene, se hace la manicura, se depila bien las ingles y el sobaco, se busca una buena peluquera que le haga un recogido chachi y se planta delante del reloj un poco antes de las doce, dando saltitos en bikini junto a un chorbo disfrazado de Amundsen en traje de gala y más hueco que un pavo porque sabe que, en este momento, media población masculina babea alcohol delante de la tele. 

Y mira por dónde la cosa cala en la opinión pública. Aunque solo sea porque las feministas ponen a parir a la cadena y porque el día de año nuevo se habla más del vestido de la niña que de lo bueno que está el cordero. Y porque, visto lo visto, la cadena sabe que, si repite, la Nochevieja siguiente los anunciantes van a estirarse más. Así que lo del vestido se convierte en una especie de secreto de confesión que cada año se desvela poco antes de las doce. Ella es como Cenicienta pero en pizpireta. Sale dando saltitos y se destapa, como un bombón helado. Y la audiencia la mira, derritiéndose. Y ella, que se sabe monísima, se presta a la comedia año tras año (a ver quién no, con lo que le tienen que pagar), recitando la misma letanía del manual de tomarse las uvas para torpes junto al atractivo caballero vestido de primera comunión que ni siquiera tiene el detalle de hacer lo que los novios el día de la boda si hace frío, esto es echarle la chaqueta a la pobre chica por encima. Claro que no sería lo mismo. Con la chaqueta digo. Como no sería lo mismo si un año, como decía un amigo mío el otro día, se quitase el caparazón ya apareciera como su madre la trajo al mundo y con la frase “Ni una mujer muerta más” escrita entre pezón y pezón.

Claro que entonces la despedirían.

#SafeCreative Mina Cb

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