martes, 23 de junio de 2020




El QUE QUIERA VIVIR... QUE ME SIGA

Pensaba el otro día, viendo en la tele una de estas viejas pelis de catástrofes, lo poco serios que son los americanos con esto de la muerte en las películas. Quiero decir con el tiempo que le dedican. No sé; tú ves, por ejemplo, una de Chuck Norris, o “Kill Bill” sin ir más lejos, y lo de la muerte fluye, zaszas, a golpe de metralleta o de katana, así, sin control ni sentido, sin saber quién muere ni conocer su bagaje psicológico, sin saber si tiene novia ni hijos ni nada de eso, un aquí te pillo aquí te mato exento de emoción, que no le puedes coger cariño y entonces casi te alegras de que los maten porque quien te cae bien es el asesino y lo que de verdad te mola es que se cargue a cuanta más gente mejor, de forma que al final de la hora y media haya habido una buena escabechina de villanos anónimos que el héroe se ventila en un suspiro. Sin embargo, te pones a ver las películas de catástrofes tipo “El coloso en llamas”, “La aventura del Poseidón” o “Titanic” y es un despropósito lo que le cuesta morirse a la gente... Además es que primero te cuentan la historia: te hacen una introducción de forma que les coges cariño y a lo largo del relato te vas encariñando todavía más y claro, cuando se mueren te llevas un disgusto del copetín. Y luego pordios, cómo hacían esos barcos y esos edificios, que les costaba tres horas hundirse, o quemarse, o estrellarse... o lo que fuera. Y tú muerta de angustia en la butaca, porque habías visto desde la segunda escena que se había producido un fuego, un escape de agua o una avería en el motor y la tripulación del barco estaba ahí, tan feliz, de fiesta o mirando por la ventanilla y leyendo el periódico en el avión, o de sarao de cinco tenedores en el edificio recién inaugurado. Y de repente llegaba el agorero de los huevos diciendo que se acercaba el fin del mundo, y el ingeniero le soltaba que tampoco sería para tanto, y que no era plan de alarmar a la peña y que cundiera el pánico y total para nada. Y así la tragedia se iba mascando en el patio de butacas mientras los protagonistas te seguían contando sus historias. Hasta que de repente se producía la explosión, o la inundación, o lo que fuera, y todo el mundo empezaba a correr y a chillar y a perder el control. Y y alguien gritaba eso de vamosamorirtodos, y se organizaba la de Dios es Cristo, y justo en aquél momento aparecía ese personaje que a mí me encanta, que alzaba la mano y decía aquella frase mítica de: “El que quiera vivir... que me siga”, y que casualmente era el que acababa muriendo al final, después de haber cumplido su promesa de salvar a un montón de gente, y luego estaba el fantasma ese del principio, que al filo del desenlace resultaba ser un cobarde con pintas que sufría una crisis nerviosa cuando llegaba el equipo de salvamento y ya habían sacado a las mujeres ya los niños, y quería ser evacuado antes que nadie y sacaba el revolver y la liaba parda. Y total para morir al poco en un accidente de estos tontos tipo caer accidentalmente por la cubierta o por la ventana o alguna cosa de esas, y a la postre, el que había dado la voz de alarma al principio era quién salvaba la situación con una medida de urgencia de esas que no se sabe si van a funcionar pero siempre funcionan, aunque con algún inconveniente en el último momento tipo el cable se suelta o la puerta se atasca o la luz se va justo cuando estás a punto de terminar el empalme, y en el momento de la explosión se le enganchaba por ahí una pierna pero conseguía liberarse in extremis para aparecer, al final de la película, sentado en el suelo junto al jefe del Cuerpo de Bomberos, todo sudoroso y con la cara tiznada y cagándose en los muertos del ingeniero, que por ahorrarse cuatro duros había metido materiales de mala calidad.

Que digo yo que no serían tan malos cuando la catástrofe les dio para dos horas y media...
Por lo menos

#SafeCreative Mina Cb

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