lunes, 24 de septiembre de 2018

La imagen puede contener: cielo, montaña, exterior y naturaleza 




PONER PUERTAS AL CAMPO
(O CÓMO SACAR MÁS PASTA DE BARDENAS)

Reconozco que las descubrí tarde. Y a través de un amigo extranjero, que quería visitarlas y me obligué a mí misma a ir. Que siempre me había dado miedo porque había escuchado leyendas tenebrosas acerca de gente que se había perdido por sus caminos o, aún peor, de malvados que habían sido abandonados a pleno sol para expiar sus culpas.

Pero el paisaje me dejó prendada desde el minuto cero. Era octubre, una de esas tardes cálidas y cortas en que la tierra enrojece al tiempo que el sol va cayendo y la línea del horizonte se tiñe de malva. Recuerdo el camino polvoriento y el miedo a que mi pobre coche (un Corsa de los de antes al que le quedaban dos telediarios) no aguantase la rudeza del relieve. Recuerdo la parada en la caseta que hay justo antes de llegar a Castildetierra para comer y no perder horas de luz en hacer comida en casa. Recuerdo el relieve dorado y el polvo en suspensión. Y el imponente coloso engrandeciéndose a medida que nos íbamos acercando. Y el quedarme sin palabras al llegar a él. Y el recorrido por la perimetral, la visión de esos espacios lunares, y los collados en plan Cañón del Colorado, y las piedras removidas, y los testeros a punto de caer, y cómo la luz jugaba con la tierra y cambiaba de color las formaciones. Y la tierra y ese olor a nada que flota en el ambiente.

Me pregunté, a la vuelta, cómo era posible que toda mi vida hubiese transcurrido ajena a aquél lugar. Quise recuperar el tiempo perdido y empecé a visitarlo a cualquier hora y en cualquier época del año. He madrugado para ver amanecer, he visto caer la noche, he contemplado la luna y las estrellas. Y hasta he tenido cerca a un zorro, con sus pupilas brillantes, una silenciosa y memorable noche de verano. Y ha volado sobre mí un águila real. He ido sola y he ido acompañada. He reído, he besado, he cantado allí. Y hasta, en los momentos más duros, he esparcido mi rabia entre sus riscos. He paseado, he trepado, he corrido, he saltado para sortear barrancos, he caminado por sendas no trazadas por el hombre, he metido los pies en una balsa... he sido enormemente feliz en ese hermoso lugar. Y me he sentido inmensamente libre. Salvaje y libre como una bestia más. Y por ello nunca hice nada que pudiera violentarlas. A ellas o al paisaje. Quienes los violentan son los militares. Con sus aviones y sus bombas y sus ruidos. Y los turistas. Que van allí como si eso fuera el Dragon Khan, alborotando y subiéndose por todo para hacerse fotos. Y llevándose las piedras de recuerdo. Como si con las fotos no sirviese.

Por eso no lo entiendo. Lo de la entrada digo. Esa majadería que se le ha ocurrido a la junta de poner entrada. Ese globo sonda que han soltado. No les parece suficiente con lo que les dan los militares. No les parece suficiente con restringir el paso a ciertas áreas, alegando que es para la protección de las aves cuando los F18 sobrevuelan el terreno sin pudor. Ahora pretender engordar las arcas cobrando al visitante. Otra cosa es cómo van a hacerlo, porque cobrar por visitar Bardenas es, y nunca mejor dicho, como poner puertas al campo. No sé si pensarán cercar el territorio con alambre de espino o le pondrán una valla eléctrica como las del ganado. Digo yo que cortarán carreteras y no dejarán un palmo sin vallar. Y tendremos que escurrirnos de noche, como los delincuentes, para poder visitar un lugar que no es de nadie y que nos pertenece a todos. Y arriesgarnos a ser multados si nos pillan.

Y mientras, los aviones seguirán atronando la comarca al tiempo que los congozantes callan y se meten la pasta en el bolsillo.

Así es la cosa...

#‎SafeCreative‬ Mina Cb

1 comentario:

  1. Y, además, aguantar el cuento de que lo que se hace es para proteger el medio ambiente. Y te dicen con toda su jeta que los aviones no molestan a los animales porque ya se han acostumbrado al ruido. Es el colmo de la sinvergonzonería.

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