sábado, 13 de octubre de 2018

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FOTOS EN PAPEL

Hace algunos años un amigo profesor me contaba la anécdota del niño deslizando el dedo sobre la pantalla de una cámara analógica para ver pasar las fotos y de cómo hubo de explicarle que eso no era posible, y hablarle a la vez de que hubo un tiempo en que las fotos no se podían ver hasta que no eran extraídas del interior del aparato. Imagino que tal vez la explicación fue acompañada de la apertura de la tapa, para que el chaval viera el carrete plástico, ese recipiente hermético que siempre era extraído con extrema precaución no fuera que le diera el sol a la película y se velase todo el contenido.

Las fotos en papel, como bien explica la gran Eva Hache en un monólogo muy recomendable, eran algo que no admitía mucha tontería. En primer lugar porque el posado valía sí o sí. No era como ahora, que tiras la primera para probar, la segunda para asegurarte y la tercera para que se te vaya petando la memoria de la cámara o el móvil. Antes no: tú hacías el gesto y el otro disparaba. Y solo para momentos muy particulares, como la primera comunión, te llevaban a un estudio donde el fotógrafo hacía varias tomas y al final elegía la mejor. Que no quiero ni imaginarme cómo serían las peores en vista del careto de niños de “Los otros” que nos gastamos la mayoría en el reportaje comunioneril. Y así era todo: la comunión, los cumples, las vacaciones... las vacaciones sobre todo, que anda que no he visto yo acueductos de Segovia delante de un cuerpo sin cabeza. Que como las cámaras buenas valían una pasta, llevábamos unas mierdosas que tenían un objetivo de los Pin y Pon en el que no cabía nada. Y así nos iba.... que si sacabas a la persona no salía el edificio y viceversa. Y volvías a casa traumatizada porque no te traías un recuerdo decente de la catedral de Burgos. Y total para que luego apareciera el google imágenes y dándole a una tecla te salieran mil instantáneas del templo que le diesen cien vueltas a las que tú hiciste con tu Kodak Instamatic. Y cuando por fin conseguías ahorrar para una cámara buena ibas por ahí acojonada, mirando todo el rato alrededor por si aparecía un maleante. Y con mucha precaución de no dejarla a la vista cuando aparcabas. Y colocándola en la mesa como si fuera un jarrón cuando ibas a comer. Que ni de colgarla en el respaldo de la silla te fiabas.

Pero lo cierto es que el que tenía una máquina triunfaba. Sobre todo en los saraos. Te ibas de fiesta y cuando se oía la palabra “foto” la peña se apiñaba y ponía caras raras. Y cuernos y cosas así. Y hasta invitabas a gente conocida. Para que posase. Y después de tanta tontería resulta que el fotógrafo iba a disparar y clas-clas... no había carrete. Pero da lo mismo, porque las veinticuatro joyas estaban ahí, comprimidas en la cajita negra. Y a continuación empezabas a darle la paliza a tu colega para ver cuándo las iba a revelar. Y el día que lo hacía era una fiesta. Quedabais todos en un bar y las cartulinas satinadas iban pasando de mano en mano. Y la gente reía y gritaba. Y las jarras de cerveza no paraban de rular. Y te veías a ti misma con los ojos como un vampiro, rojos por los efectos del alcohol y el flash. Y se hacía una lista para que cada cual apuntase el número de copias que quería. Y al cabo de unos días, de nuevo el encuentro y las cervezas y las risas. Y el rincón aparte para que tu colega, que era un tipo de fiar, te entregase sin que nadie lo supiera esa foto en la que el chico que te traía por la calle del dolor posaba, sonriente y bronceado, sentado sobre el remolque de un camión.

Aún la tengo.

#SafeCreative Mina Cb

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