martes, 28 de abril de 2026


 

CARLOTA Y RENATA

Así como la raza humana nunca deja de sorprenderme para mal, con la naturaleza me pasa exactamente lo contrario.

Hace algunas semanas conté la historia de la macaón del ala rota y de su incierto final tras ocultarse entre la maleza de un camino sin sospechar que esa aventura tendría segunda, y hasta tercera parte, a través de dos primas lejanas de la misma, de distinta especie aunque muy similares al vistoso lepidóptero.

Recogí a Carlota (la del ala rota) de una cuneta sobre la que revoloteaba torpe y peligrosamente. Como su antecesora, no opuso resistencia y se acomodó sobre mi mano. Vi que una de las alas inferiores estaba algo ondulada, fruto sin duda del choque contra algún vehículo, y que el animalillo trataba de alisarla empujando había abajo la superior. Me sirvió la experiencia de su antecesora y me dije “no la toques”, y la mantuve a bordo, recogiéndola de nuevo cada vez que uno de sus infructuosos intentos de volar la devolvía, torpe y vacilante, al suelo del camino. Es más, en una de las ocasiones pude el pie delante y desde él trepó hasta acomodarse de nuevo sobre mi palma abierta.

Ya en casa, le propuse a una vecina que la alojara en su terraza y a la mañana siguiente, me dijo, había desaparecido. Y quisimos pensar que fue capaz de salir aleteando en vez de convertirse (lo cual es una posibilidad) en la cena de un murciélago o un gato merodeador. Y en esa duda andaba yo hasta ayer, cuando pasó lo de Renata.

Que le faltaba una pata.

Renata medio brincaba medio reptaba por el camino de tierra de la Mejana. Eran como las ocho y media de la mañana y, de entrada, me pareció, que dos chupaleches en las mismas condiciones en un espacio de cuatro días era mucha casualidad. Actué, porque ya tenía cierta experiencia, como en las ocasiones anteriores y en este caso Renata resultó ser más dócil. Se aposentó en la mano y de ahí no se movió hasta que llegué al hangar de las piraguas. Y como no era plan de llevarla a navegar, que lo mismo se me ahogaba, la dejé sobre la mochila y al cabo de dos horas ahí seguía, con su timón trasero roto y sus cinco patitas en lugar de seis. Me la planté en la camiseta de los Moñakos Band y ahí se quedó, con las alas abiertas y quieta como un pin. Sin intentar siquiera un movimiento de huida.

Andábamos de vermuteo por la Judería y yo ya había avisado a mi vecina la de la terraza para dejársela a mi llegada a casa cuando sucedió. Era mediodía y el sol brillaba. La tenía en la mano y me di cuenta de que la sexta pata había reaparecido. Quizás la tuviera antes replegada y malherida y no la vi. Me la puse en la pierna para sacar el móvil y mandarle la foto a un amiguete y entonces sucedió y fue como magia.

Renata, la que le faltaba una pata, agitó las alas y se dispuso a levantar el vuelo. Despegó y me puse en pie, dispuesta a recogerla antes de que se la almorzase un perro pero ella, en lugar de descender, lo que hizo fue elevarse. Primero por encima de nosotros, luego sobre la sombrilla, después más allá de la farola y, finalmente, rebasando la altura del edificio más próximo.

Y yo me quedé, dicen, con cara de idiota, mirando cómo su irisada y leve anatomía se perdía, libre al fin, entre el dominical y resplandeciente azul del cielo.

#‎SafeCreative‬ Mina Cb

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