jueves, 8 de febrero de 2018

 


APAGÓN

No existe
(me temo)
la fórmula perfecta

ni
(creo)
hay una edad determinada.

Existen los espacios

los días

los contextos

incluso
y si me apuras
las alineaciones planetarias

y hasta las predicciones astrológicas.

Pero
¿sabes?

Al fin
aparte de eso

hay un interruptor en el cerebro
que a veces cierra el paso

e interrumpe el suministro de corriente.

En esos casos es
precisamente
cuando uno debe demostrar su habilidad
para desenvolverse a oscuras

y dejar al capricho de la suerte

que vuelva o no la luz.

#SafeCreative Mina Cb

miércoles, 7 de febrero de 2018

La imagen puede contener: planta y exterior 



LA PENÚLTIMA

No falta mucho para la medianoche
la casa está en silencio y yo apuro la penúltima cerveza.

Debería acostarme,
ducharme,
comer algo,
hacerme una infusión...

Pero el silencio y la nada me engullen sin remedio
y me llama el espacio
doméstico y tranquilo

y la blanca bombilla, y el teclado
y esas ganas de andar aún en vigilia
respirando la calma
con la casa revuelta y los cacharros
llenando el fregadero

y (otra vez) el silencio

y mi espacio otra vez.

#SafeCreative Mina Cb

martes, 6 de febrero de 2018

La imagen puede contener: una persona 



DE GOYA

Mis hormonas se montan películas:

Arrasarían
(de eso estoy segura)
de estar presentes en la ceremonia de los Goya.

Elaboran historias impecables:
siniestros thrillers de corte apocalíptico
de esos en donde no se salva ni el apuntador.

Confeccionan guiones magistrales,
agudísimos diálogos en los que las palabras
cobran doble sentido
(y hasta triple)
y en los que incluso el más inocente comentario
desencadena el caos,
llenando los renglones de mayúsculas,
exclamaciones duplicadas
e interrogantes afilados como cimitarras
a los cuales
ninguna respuesta calma o satisface.

Mención aparte merecen los actores,
un escogido elenco de especialistas
en dar vida a villanos,
traidores, malnacidos,
envidiosos y necios personajes
cuya principal ocupación
(parece incluso que vivieran de ello)
es la de conspirar y ver el modo
de hundirme en la miseria.

Y cómo no mencionar, en fin,
los decorados:
esos descomunales escenarios vacíos
y pobremente iluminados
por los que deambulo, descalza y solitaria,
con un burdo camisón de franela hasta los pies
y unas ojeras como las de Miércoles
(la niña de los Addams)
comiendo chocolate,
maldiciendo en etrusco,
gimoteando como una magdalena
y mandando a la mierda a todo aquél que se me acerca
para decirme que tampoco es para tanto,
que ya me ha sucedido en otras ocasiones
y que es mejor
que me quede calladita
(inmóvil ya de paso
o en coma en plan Bella Durmiente,
y aunque hayan de mediar unos guantazos
si la cosa es muy grave)
antes de hacer,
decir
o escribir algo,

de lo que al cabo de unas horas

me habré de arrepentir.

#SafeCreative Mina Cb

domingo, 4 de febrero de 2018

La imagen puede contener: una o varias personas 


 REENCUENTROS

Ninguna ocasión es tan propicia para los balances como el reencuentro con personas a las no vemos con frecuencia. Sobre todo cuando este se produce de forma repentina y nos pilla a todos con lo puesto y sin peinar, sin un guión previamente articulado, sin más currículum que el que nuestras arrugas atesoran y sin otra aparente referencia que la del aspecto de nuestro semblante. Es entonces cuando de verdad sabemos si hemos acertado. Si las decisiones que tanto trabajo nos costó tomar fueron las correctas. Si todo el dolor o la alegría padecidos han valido la pena. Si somos capaces de mirar a los demás sin envidiarlos y sin sentir nostalgia de ese ayer que compartimos antes de elegir nuestro camino y separarnos de ellos. Si nos sentimos a gusto en nuestra piel. Si no echamos de menos ser como los otros. Aunque nos miren raro. Aunque la senda que hemos escogido no sea la más fácil. Aunque sintamos que no pertenecemos a ningún lugar aun siendo capaces de permanecer en todos. Si el ir contracorriente ha valido la pena. Si somos lo que de verdad queremos ser. Si estamos orgullosos de nosotros mismos. Si vivimos en paz.

Si nos queremos.

#SafeCreative Mina Cb

sábado, 3 de febrero de 2018

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CENICIENTA

Pasó bastante tiempo a la intemperie hasta llegar a convertirse en Maricarmen, que es el nombre que yo le di cuando llegó a mis manos en unas circunstancias que merecen otro cuento. Ya sé que hay personas a las que se les regalan flores o perfumes, pero a mí, por alguna razón que desconozco, me regalan cosas raras. Singulares pero raras. Que no sé si es lo mismo pero se me entiende.

Cuando me la entregaron estaba un poco sucia y llevaba desnudo el cuerno izquierdo. A lo mejor por eso le puse Maricarmen, por la que la pillaba el toro y le metía el asta por el chirimbolo. O porque no se me ocurría un nombre para ella. No sé... como no la esperaba no lo había pensado. La cuestión es que procedí como conviene en estos casos, esto es, la metí en un barreño con lejía y agua caliente y la dejé una noche y creo que el día siguiente. Y el resultado fue espectacular: una vez seca, Maricarmen lucía hermosa y blanquecina, aunque invidente y aún desnudo el cincuenta por ciento de su cornamenta. Claro que a mí eso no me importaba mucho, porque ya estaba pensando en cómo tunearla: unas bolas en las cuencas oculares y una funda rosa de ganchillo para el cuerno, que tampoco era cuestión de dejárselo desnudo con la humedad que hay en mi casa. Pero el destino es caprichoso, y una mañana soleada y un pelín ventosa las circunstancias me llevaron hasta el lugar en donde había aparecido Maricarmen y, lo que son las cosas, tras una intensa e infructuosa búsqueda, y justo en el momento en que lo abandonaba y de la forma y en el lugar más inopinados, la funda perdida apareció, intacta y estriada, como un feliz e improvisado milagro que, alguien que entonces andaba por allí me dijo, se concede a quienes desean las cosas de verdad.

Desde entonces la llamo Cenicienta.

#SafeCreative Mina Cb

viernes, 2 de febrero de 2018

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EL ABSURDO Y FARRAGOSO UNIVERSO DE LOS FORMULARIOS VIRTUALES


Lunes por la mañana. Recibo un aviso de Correos para un tema de envíos internacionales. La fecha límite para hacerlo llegar a su destino es el lunes cinco. Que hay tiempo pero cuanto antes mejor, que me conozco. Como tengo cosas que hacer no lo hago.
El martes me meto en la web y descargo el PDF. Exactamente igual que el que me ha llegado y acabo de rellenar. Empiezo a pulsar botones sin conseguir acceder al lugar deseado. Tengo la documentación pero no sé adónde mandarla. Voy de página a página sin hallar una mala dirección de correo y consciente de que el miércoles, y por motivos laborales, va a ser complicado gestionarlo.

Empiezo a preocuparme.

Jueves 1. Por la mañana cojo el impreso que me llegó, voy a la oficina de Correos y hago cola. Al llegar al mostrador me dicen que allí no me lo pueden tramitar. Que lo mande por correo (se me pasa el plazo) o que lo haga por la web. Yo hago pucheros y les digo que ya lo he intentado. No cuela. No se enternecen. Y eso que los empleados de la oficina que he tratado son, en general, encantadores. Pero no hay manera. Incluso aunque les ponga voz de lloriqueo y les diga es de “jooooo... es que no sé hacerlooooo.” Y me siento como las abuelitas que vienen al super y yo les digo que para solicitar la tarjeta que han perdido se tiene que meter en internet y ellas me dicen, con expresión de terror, que no tienen y que por qué no se lo hago yo. Y yo les contesto que seguro que tienen algún hijo que lo maneje. Y me siento como una asesina en serie. Porque en este momento yo estoy tan desamparada como ellas y sin hijo internauta. Y si se lo pido a mi sobrino me va a decir de todo y con razón.

Jueves 2. Por la noche. Me digo a mí misma que quién dijo miedo, que con cincuentayún castañas una no es vieja ni para el amor ni para la informática. Y me pongo a ello, con una Voll Damm de tercio al lado y sin tener que madrugar al día siguiente, o sea hoy. Abro el sistema mientras me repito en voz alta tengoquehacerlotengoquehacerlotengoquehacerlo. El gato se sube al escritorio y esparce sus diez kilos sobre el PDF. Lo bajo y hace plom. Sigo a lo mío. Entro en la web, leo todo despacio, procurando no echar muchos tragos de cerveza. Voy superando pruebas y paso de una pantalla a otra pero la dirección no aparece. Intento tranquilizarme. Bebo. Voy hacia atrás. Algo he hecho mal. O todo. Al fin llego hasta el formulario “registrarse”, que me pide varios datos y una contraseña que siempre está mal. Quieren números, letras y caracteres especiales. Que no sé para qué, porque para caracteres especiales el mío, que no me aguanta nadie. Voy cambiando letras y viendo aparecer los puntitos y luego las letras rojas debajo, regañándome por no acertar. Lo intento al menos con cuatro opciones pero no funciona. Al fin veo un número de atención al cliente. Son las once pero ya me da igual todo. Lo tecleo. Error. Es una máquina que me dice si he recibido el impreso y que pide el número de referencia. Me huelo la tostada, cuelgo, vuelvo a llamar y espero hasta el final, que es cuando va la opción de hablar con un agente (todos la ponen la última, qué cabrones). Cuando llega dicen que no hay personal (me parece estupendo, no son horas) y que el horario de atención al público es de tal a tal.

Apago el ordenador y me voy a la cama.

Viernes 3: Me despierto pensando en el envío. Tengo tres días pero el finde está en medio. Tiene que ser hoy. Me levanto y enciendo el aparato. Lo mismo de ayer pero un día más tarde. Marco el número de anoche. Me atiende una chica que, tras escuchar mi perorata, me remite a otro número. Lo marco y sale una máquina. Tecleo una opción. Error. Me vuelven a pedir la referencia. Cuelgo, vuelvo a llamar y aguanto la charla robótica de opciones y términos legales y sullamadavaasergrabadapormotivosdeseguridad. No hay opción de hablar con un agente. Tecleo una opción distinta a la anterior a ver si cuela. Cuela. Me atiende un señor muy amable. Me pongo dramática y le cuento mi tragedia. Le digo que necesito una dirección de correo electrónico. Me dice que no es posible. Le digo que no sé utilizar ese sistema del demonio. Me dice que le pasa a mucha gente. Le digo que entonces por qué no lo modifican. Me dice que para que sea seguro. Le digo que lo háckers son muy listos pero el resto de los mortales no. Me dice que tampoco es para tanto. Le digo que me siento como las viejitas del súper. Me da rabia no verle la cara. Es amable y me guía por el proceloso océano cibernético como si fuera tonta. Que a lo mejor lo soy. Llegamos al formulario de registro de ayer. Me cometa lo de la contraseña. Casi lloriqueo. Me dice lo de los caracteres. Le digo que lo hice. Me dice lo de los números. Le digo que lo hice. Me dice lo de las mayúsculas. Le digo que lo hice. Me dice lo de las minúsculas. Le digo que lo hice. Me dice que lo intente de nuevo. Y hay que joderse, porque ahora funciona. Casi me echo a llorar. Le doy las gracias y le pongo tres nueves en la encuesta sobre la atención recibida. Y aún tengo que enfrentarme con dos pantallas más. Adjunto la documentación. Me atasco en la última pantalla. Intento volver a llamar pero no me cogen. Igual ha visto el número y sabe que soy yo. Vuelvo atrás y rectifico un dato.

Y ya.

Ya.

¡¡Yaaaaaa!!

No me lo puedo creer. Lo he conseguido. Doy saltos por la casa. Los gritos han debido oírse en todo el vecindario. Voy a ponerlo en fésibu. Lo de la farragosidad. Lo de que estos sistemas son un infierno. Empiezo a escribir y se me va la pinza. Abro un word. Este será el cuento de hoy. A la izquierda del teclado el PDF. Mierda. El dato que rectifiqué para poder mandar el formulario digital difiere de uno de los datos del documento.

Me temo lo peor.
 

#SafeCreative Mina Cb

jueves, 1 de febrero de 2018

 


 Sé que un día
reventarán las costuras de los labios
y saldrán en torrente
palabras prohibidas.

Tan solo entonces
hata el último de los rincones tenebrosos

se inundará de luz.

#SafeCreative Mina Cb