martes, 19 de marzo de 2013



 
PADRE
 
Fuiste primero el hombre que veló mis sueños,
los labios amantes,
el que puso nombre a todos los objetos.
 
Fuiste la dulce nana que calmó mi llanto,
que meció mis miedos,
que guió de cerca mis primeros pasos.
 
Fuiste el árbol robusto en que apoyé mi espalda,
fuiste mi cobijo,
la alargada sombra que el calor aplaca.
 
Fuiste roca impasible en tiempo de caprichos,
serio, inabarcable,
cuando yo era toda rabia y torbellino.
 
Fuiste manos abiertas, alma generosa
en los duros años
de enmendar errores, de cambiar las cosas.
 
 
Lo fuiste todo para mí, y quisiera
que no partieras nunca,
que nunca me olvidaras, que las cuencas
de tus errantes ojos
se llenaran de brillo, se encendieran
como antaño,
a la tímida luz de las ideas.

 

lunes, 18 de marzo de 2013

 
 
 
EL DIOS DE LAS CHAPUZAS
 
Érase una vez, en una galaxia muy lejana, un pequeño planeta donde las gentes vivían tranquilas, con sus preocupaciones, sus ambiciones y sus sueños por los que luchar, por los que ponerse en marcha cada día.
 
Todo transcurría dentro de la normalidad más razonable hasta que un día llegó un dios novato y un tanto manazas, un dios que venía de obtener la titulación en la escuela de dioses con un aprobadillo por los pelos, después de repetir varios cursos y de ser amonestado frecuentemente por su atrevimiento y su vanidad.
 
Claro que a esa peligrosa osadía se añadía otro problema no menos importante: y es que era un tanto irresponsable y demasiado bonachón, de modo que nunca había llegado a medir las consecuencias que a los demás puede acarrear el hecho de ser un todopoderoso. Y aparte, tenía un complejo de inferioridad que le empujaba a hacer todo lo que los otros querían con la sola finalidad de sentirse amado, útil. Necesario.
 
Así que con semejante expediente os podéis imaginar que fue ponerse a ejercer y empezar a cagarla. No se le ocurrió mayor majadería, para ganarse a su pueblo, que empezar a concederles todos los deseos que tenían. Pero no sólo aquellos que formulaban en voz alta, no. También todos esos que guardaban en el interior de sí mismos, aquéllos que nunca se confiesan por miedo, por pudor o por malicia.
 
Convirtió en ricos y guapos a todos los habitantes del planeta. Lo cual fue una tontería, porque una vez que todos tuvieron dinero y hermosura a espuertas las dos cualidades perdieron su valor, y ya nadie mostraba interés por los demás, tan ocupado como estaba mirándose al espejo. Y en cuanto a la riqueza, puesto que había dinero los precios no dejaban de subir, y la población se empobrecía poco a poco, como antaño.
 
Y eso por no hablar de todos aquéllos que caían fulminados por un rayo en mitad de la calle, sin haber tormenta, solamente porque alguien lo había deseado. O de los enamorados que quedaban petrificados en los bancos, unidos por un beso inacabable, por el simple hecho de haber deseado que el tiempo se parase en ese instante de inabarcable felicidad. Y la desesperación de sus familias, sobre todo de sus madres, que los esperaban para comer a mediodía, la mesa puesta y el postre en la nevera, sin saber que su hija o su hijo se hallaban en un banco, paralizados, detenidas sus vidas para siempre, sin ninguna posibilidad de continuar, de crecer, de hacer algo diferente que no fuera besar y ser besado.
Muertos, de dicha al fin y al cabo, pero muertos.
 
Y no hay que olvidarse tampoco de todos aquellos que quedaban clavados en medio de la vía pública a causa de cualquier cosa que los llenaba de gozo, y a los que era imposible retirar del lugar. Y ahí permanecían para siempre, en medio de las carreteras, de los caminos, de los pasillos, de las salas de espera, estáticos, hieráticos, sin siquiera consumirse ni descomponerse, provocando todo tipo de accidentes a los viandantes que tropezaban con ellos y morían o quedaban minusválidos a causa de la colisión en no pocas ocasiones. Y nadie sabía cómo parar aquel despropósito porque tampoco sabían que el causante era un ente superior, omnipotente y omnipresente, que había decidido tomar, sin consultarles, hacía algunos meses, el control sobre ellos, sobre sus deseos.
… Sobre su identidad.

miércoles, 13 de marzo de 2013




EL RAPTO DE LA DAMA DE COMPAÑÍA
 
El barullo de la fiesta los asustaba un poco; estaban en la edad en que el jolgorio de los adultos no es sino un estruendo incomprensible, desordenado y ensordecedor. Andaban cada uno por un lado, escurriéndose entre los resquicios que dejaban las piernas de una multitud ya muy pasada de alcohol y calorías. Era la hora del baile. Lejos quedaba ya el momento en que se habían visto por primera vez, él portando un ridículo cojincito de raso del que habían resbalado los anillos cuando tropezó, herido de muerte por un certero disparo de Cupido, al verla entrar en la iglesia, linda como un ángel, asida a la exagerada y blanquísima cola del vestido.
 
No la había vuelto a ver en todo el día y ahora estaba allí, medio oculta entre la desbordante humanidad de una cincuentona de unos ciento veinte kilos. Se miraron y él supo, de inmediato, que ella sentía exactamente lo mismo.
 
Se acercó a la niña, arrastrándola del brazo con suavidad pero con masculina firmeza, y se escabulleron corriendo por entre los árboles del jardín.
El destino, caprichoso y cómplice, había dejado un triciclo olvidado en la espesura. Montaron en él a toda prisa mientras oían, tras ellos, los histéricos gritos de adultos alarmados que habían reparado en su ausencia y los buscaban por doquier, temerosos de que llegara la noche y fueran devorados por los lobos.
 
Se peinó el bosque y se registró la zona. Pero ni rastro de ellos. Hay quien dice que los vio, como los niños de la película de ET el extraterrestre, surcando el cielo a lomos de una bicicleta. Y que viajaron hasta un lejano planeta donde no existen las leyes razonables, el colegio, los aparatos para los dientes, las coles de bruselas, el invierno… en fin, todas esas cosas tan absurdas y tan prescindibles.
 
………………………………………………
 
Y sí, claro que lo sé. Sé que me diréis que eso no es posible.
Y no lo es. 
No en la vida real. No para nosotros, los adultos.
 
Pero es que esto es un cuento.
 
Y ellos eran niños.

domingo, 10 de marzo de 2013



 
 
EN LA DISTANCIA
 
Me devoran los miedos en la noche:
miedo a perderte, miedo a que me pierdas,
miedo a la enfermedad, miedo a la ruta,
miedo a las balas, miedo al cataclismo.
 
Me consume el temor y me despierto
buscando tu perfil sobre la almohada
y me encuentro tu ausencia intermitente
preñando de recuerdos el vacío.
 
Me persigue tu voz por los rincones
y tus fotos presiden el espacio;
el teléfono emite tus palabras
metálicas, remotas, desleídas…
 
Me asustan los fantasmas y me asustan
las sombras tenebrosas de la duda:
esa lente maligna y engañosa
que emborrona el amor en la distancia.

 

 


lunes, 4 de marzo de 2013




EL RELOJ DE MARILYN
 
Se había plantado en los 45 sin perder la dignidad ni el tipo; esto es, las curvas firmes y el semblante fresco. Que no es poco. Sin traumas, sin complejos. Sin obsesionarse por el pasado o angustiarse por el futuro.
Pero el amor llamó a su puerta y el equilibrio se le escapó por el desagüe: él era guapo y estaba forrado. Un poco gilipollas, eso sí, pero a ciertas edades una mujer ya sabe de sobra que lo del hombre perfecto es un cuento de viejas para niñas. Y que ni las propias viejas se lo creen.
 
Perdió la dignidad y el buen sentido y empezó, a su edad, a mirar hacia atrás y a lamentar aquellos dos abortos a que se había sometido en sus años mozos, cuando pensaba que los hijos no eran sino un enojoso estorbo del que no hay manera de desembarazarse, y se dijo que aún estaba a tiempo. De modo que se pusieron los dos a la faena, ella y el maromo. Pero el reloj de Marilyn no funcionaba ya como hace tiempo y la cosa no fue cuestión, como pensaba ella, de dejar de tomar la píldora y a continuación olvidarse de los támpax. Así que cogió a su compañero, que se hallaba también bastante entusiasmado con el proyecto, y se fueron a ver a un médico que, tras recomendarles, sobre todo a ella, que se lo pensaran bien, les sugirió un tratamiento que daría resultados, con suerte, en el plazo de un año.

Pero Marilyn no podía esperar  tanto, de modo que ella y el maromo se largaron al extranjero donde, en el plazo de once meses y por obra y gracia de una costosísima inseminación artificial, la dama dio a luz a dos lindas niñas que resultaron ser dos terremotos que la volvían loca, absorbiendo toda su energía y de las que su padre pasaba descaradamente.
 
Y lo peor no es eso: lo peor es que el tratamiento hormonal cambió el metabolismo de Marilyn y en cuestión de cuatro días se puso como un botijo. Ya no podía meterse en sus vestiditos entallados, los vaqueros le sentaban como un tiro y poco a poco dejó de maquillarse, de peinarse y de utilizar tacones. Y la fatiga se adueñó de su semblante. Y pasó lo inevitable: que el maromo se buscó otra más joven, y más guapa, y le dejó, eso sí, la casa, el Audi, una pensión más que decentita y dos demonios de tres años.
 
A su edad…

viernes, 1 de marzo de 2013




PALABRAS

Hay palabras que hieren con su amargo veneno,
que atraviesan tu alma cual témpanos de hielo,
que hacen que te estremezcas, que congelan tus huesos,
que quisieras que hubieran sido parte de un sueño.
 
Hay palabras que pueden transformar un momento,
que consiguen filtrarse en rincones secretos
de tu ser, y dejarte como si hubieras muerto.
Hay palabras que queman el mejor sentimiento
consumiendo su esencia y calcinándola luego,
dejando las cenizas de un lánguido recuerdo.
 
Hay palabras que excavan en tu espíritu un hueco,
que se llevan palabras que te tenían lleno,
que se llevan dulzura, convirtiéndola en miedo,
que se llevan amor y dejan paso al desprecio,
que se pueden llevar incuso hasta el deseo
de continuar viviendo…

jueves, 28 de febrero de 2013




TAN FÁCIL…
 
Se dejó caer sobre el sillón, incrédula y desmadejada. En su cabeza se mezclaban las imágenes mil veces vistas en la tele de camillas cubiertas con una sábana, de testimonios de vecinos diciendo “No lo entendemos, llevaban toda la vida juntos y nunca les oímos discutir”, de noticias escuchadas como el sonido de la lluvia en los cristales, un ruido inquietante y familiar, con el recuerdo de los ojos de él, redondos y enrojecidos, alienados, enemigos.
Asesinos.
 
Él se había puesto a caminar por el pasillo, ya tranquilo, borrado de su mente el episodio que ni siquiera era consiente de haber vivido, arrastrando los pies y balanceando su oronda silueta, abotargada por el sedentarismo y la medicación. Se acercó a ella y le tendió la mano para acariciarle la mejilla. Ella se zafó rápidamente, asustada y colérica, y él insistió. Le rozaba la cara torpemente, con sus dedos hinchados y nudosos, y ella lloraba, medio de miedo, medio de alivio y medio de ternura. Miró a los ojos a aquel hombre junto al que había pasado tantos años y no vio sino amor. Amor y olvido. Y le tomó las manos, besándolas, bañándolas en lágrimas, mientras pensaba en lo fácil que es matar a una mujer.