LAS NAVIDADES PASADAS
Cuando yo era pequeña las Navidades se resumían en el escaparate del estanco de la Plaza de San Jaime. Entonces no había bombillas por la calle, creo. Si es caso en el centro-centro… y sólo alguna. Pero tampoco me hagáis mucho caso que soy desmemoriada. En cuanto a los villancicos, pues tampoco sonaban por megafonía como ahora. Recuerdo que en Nochebuena alguna cuadrilla salía por la calle con zambombas. Me acuerdo incluso de que mi padre se metió a luthier un año y nos fabricó una que nunca funcionó. Y es que ya lo dice el refrán, zapatero a tus zapatos, carpintero a tus maderas y zambombero a tus zambombas. Y aquello no sonaba ni bien ni mal. Yo no sé si es que no humedeció bastante la piel, o no la tensó, o no la secó… o igual es que no tenía ni puñetera idea. Que eso lo pienso ahora, porque cuando una es niña su padre sabe hacerlo todo. De modo que la culpa, entonces, fue del material.
Se nos iban las dos semanas de vacaciones zascandilenado por la plaza e intercambiando tebeos en Cañón, que fue un poco nuestra biblioteca pública. Y no temíamos al frío, que a mí por lo menos me hacía costras en las rodillas y en los labios. Ni a eso ni a beber el agua helada de la fuente.
Pienso ahora, en mitad de estas fiestas que son tan de mirar atrás con añoranza, en esa infancia de piernas desnudas en la que las faldas picaban un huevo y los leotardos eran incomodísimos y caros. Y me acuerdo de cómo pegábamos la nariz al escaparate del Salón Postal para ver las Nancys y los Madelmanes. Y en esas cartas a los Reyes en las que jurábamos haber sido muy buenos. Y en las miradas de soslayo hacia el alféizar, mientras mi madre me decía que el Pinzón iba a ver que no me comía las lentejas y me iba a quedar sin flotador. Porque yo pedía flotadores a los Reyes. Aunque no me los trajeran nunca. Me acuerdo de aquellas Nocheviejas carnavalescas en las que a las doce, tras las campanadas, prendíamos la mecha de un cohete de los que vendían (también) en el estanco: del olor a pólvora y de cómo el capuchón en forma de cucurucho salía despedido, y una nube de confetis, serpentinas matasuegras y antifaces sobrevolaba el comedor y se deshacía después sobre la alfombra verde. Y de las cogorzas que me cogía con la sidra del Gaitero. Que menos mal que entonces no había asistentes sociales porque mis padres hubiesen terminado en el talego.
Un año, días antes de la noche mágica, un adulto con muy poco tacto me soltó a bocajarro la más dura de las verdades de la Navidad. Así era entonces. Sin paños calientes y sin anestesia. En seco. Como las culetadas al caerse de la bici. Alguien te desnudaba la verdad y a tomarporsaco todo. Podías o no creértelo, pero la inquietud quedaba flotando en el cerebro. Y empezabas a atar cabos. Por eso nunca llegaba el flotador. Ni otras muchas cosas.
Y es que crecer es duro… Sobre todo si uno empieza a hacerlo en Navidad.
#SafeCreative Mina Cb
Imagen de Mario Gómez
Cuentos, poemas, historias... Soy Inma y os propongo que hagamos un club de cuentistas. Con imaginación. Con ilusión. Con esperanza. Un club donde pasar el tiempo, donde evadirse... Donde jugar a ser otro.
viernes, 2 de enero de 2026
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