miércoles, 22 de julio de 2020




… LA DE TUS RALLYS

Se está poniendo de moda
en la ciudad de Tudela

una clase de automóvil

que baja las escaleras.

No sé quién fabrica el coche
ni tampoco quién lo vende.
Pero una cosa está clara,
y es el éxito que tiene

porque van en poco tiempo
dos conductores al menos
que, por lo visto, han comprado
otros tantos coches de esos

que, en lugar de dar la vuelta
a medio pueblo, se ahorran
con usar la escalinata
un puñado de rotondas.

Ahora tan sólo nos falta,
vista la nueva tendencia
que se coloquen señales
también en las escaleras

para regular así
la libre circulación
de coches y peatones
entre escalón y escalón.

Y es que en Tudela hay glamour
y eso ya se va sabiendo:
y, si no, miren ustedes
la gente que está viniendo:

Nos visitó hace unos meses
Tarque, el de los MClan,
y al paso que va la burra
se instala aquí el Carlos Sainz.

#SafeCreative Mina Cb

martes, 21 de julio de 2020




PONIENDO VELAS

No soy yo muy de rezar pero es que esto del 24 me está dando mucho miedo. Que ochocientas almas son muchas almas, que fijaos si no la que se lió en la peli de 300 y no eran ni la mitad y aún encima iban sobrios. Y aquí, con uno que tenga el bicho ya está armada, que luego el personal se va por ahí, harto de sustancias de todo tipo, y se le olvidan la mascarilla y el jabón y hasta el nombre que le pusieron al nacer en el registro. Que me acuerdo yo de un año, hace bien poco, que una amiga y yo reconstruimos el día del cohete tirando de galería fotográfica, porque a partir de las cuatro teníamos unas lagunas de flipar.

Pero a lo que voy: que me pongo en la piel de los munipas y se me cae el alma al suelo: que me los veo a los pobres instalando dos mesas a las entradas que van a dejar abiertas a la plaza y repartiendo números, como en el súper, con un turnomátic de 400 en cada puesto. Y luego a ver cómo gestionan lo de los accesos “cerrados”, porque controlar a la mocina harta de kalimotoxo se me antoja complicado, y más en tiempos de pandemia, cuando la distancia no te permite plantarte ante el chaval o la chavala y decirle que hasta aquí ha llegao la cosa. Y que de ir con el katxi por la calle naranjas de la China. Que como no construyan una tapia en cada acceso o instalen un mecanismo disuasorio tipo pastor eléctrico pero a lo bestia me da a mí que lo de controlar el aforo va a ser un pelín difícil. Y luego, que si hay limitaciones, ya me veo yo a la peña como el día que sortean las vacantes de la escuela de idiomas, haciendo noche allí para asegurarse la plaza y jodiéndoles el sueño a las pobres abuelicas de la residencia, que bastante tienen este año con no poder salir.

Pero oye, que el mal ya esta hecho. Y, como los mandamases en general son tan poco de rectificar, me imagino que, de no ser que la Chivite se saque de la manga una ordenanza como la de los cuartos y le solucione a nuestra corporación la papeleta de tomar una medida tan impopular como cerrar la plaza sí o sí, la única alternativa que nos queda es la de hacerle rogativas a Santa Ana para que el mediodía del 24 descargue una tormenta del copón.

Yo, por mi parte, ya estoy poniendo velas.

#SafeCreative Mina Cb

lunes, 20 de julio de 2020




Lo mismo que un yogur en mal estado,

que la sensación de mareo 
en una travesía en alta mar,

que los litros de cerveza ingeridos 
en el transcurso de una noche loca,

que el melón engullido tras la cena...

El amor 

debería poderse vomitar.

#SafeCreative Mina Cb

domingo, 19 de julio de 2020




OBSESIÓN


Cuando cerró la fábrica se encontró con cuarentaytantos, un marido en Erte y un hijo en la universidad, de modo que aceptó lo primero que le vino, que fue una plaza de vigilante en una fábrica, que le ofrecieron más que nada por sus años de tiradora al plato y su complexión atlética. Y porque no le importaba meter más horas que el reloj, sobre todo cuando le fue cogiendo el gusto a lo de controlar y, a base de doblar turnos y de comerse los marrones que no quería nadie, pasó de temporal a indefinida y de ahí a jefa de departamento con despacho propio, lo que primero estuvo muy bien pero luego fue una mierda, ya que se había enganchado de tal forma a lo de la contemplación del monitor que pasaba más tiempo en la garita que en su casa, sobre todo cuando le montaron un chiringuito tipo Nasa, desde el cual podía seguir los movimientos de cada uno de los agentes a su cargo en los lugares donde ejercían su función.

Vamos, que se convirtió en vigía de vigías. Y, como con su turno no le daba de sí para todo lo que pretendía abarcar, empezó a quedarse fuera de jornada para pasar las cintas de lo que había sucedido en otros turnos, no por poner en evidencia los despistes de sus compañeros, sino por puro celo profesional.

A estas alturas ya no aparecía casi por su casa, y cuando eso sucedía llegaba derrengada y caía, para la desesperación de su esposo, que había disfrutado con ella de una inmejorable relación física durante décadas, derrengada sobre el lecho marital, motivo por el que el hombre acabó por buscar fuera lo que le era negado en su propio domicilio, circunstancia que acabó modificando su carácter hasta el punto de que ella contrató a un vigilante en el que, por cierto, tampoco confiaba.

Y es que a esas alturas su desconfianza rayaba ya en lo patológico. Tanto que al final, y no consiguiendo que su jefe accediera a que pasase en el trabajo todo el día, incluso sin percibir un céntimo de más, optó por esconderse cada noche para, tras fichar la salida, retornar a su puesto, borrando a través de los dispositivos de grabación su furtiva trayectoria hasta el lugar, y poder así pasar la noche controlando a sus subalternos desde las pantallas e incluso pasar a cámara lenta las cintas de su garita, en las que repasaba su propia actividad diaria, buscando delitos o despistes de los que ponerse al corriente. Esto, unido a las noticias del agente que había puesto a vigilar a su marido, y que en absoluto eran halagüeñas, le hizo, primero activar una función de localización en el móvil de su cónyuge mientras éste dormía y, más tarde, hacerse instalar cámaras en su propio domicilio. Además, se convirtió en una paranoica que revisaba los bajos del coche cada vez que iba a montarse en él y que no se acostaba sin asegurarse de que un malhechor no se hubiera escondido bajo la cama o en el interior de los armarios. Incluso llegó a abrir compulsivamente la lavadora y la nevera buscando espías y en cierta ocasión disparó a las cámaras que ella misma había hecho colocar pensando que era su esposo quien las había puesto.

Porque para entonces ya tenía un arma en casa.

Cuando al cabo de dos años la multinacional para la que trabajaba fue adquirida por un grupo oriental, su hijo ya estaba de Erasmus en Bruselas y su marido se había vuelto a casar con una japonesa muy mona y algo mayor que él.

En su lugar pusieron a un robot.

#SafeCreative Mina Cb

sábado, 18 de julio de 2020




Queridos tudelanos:

He callado hasta hoy porque creo que hay asuntos en los que la divinidad no debe intervenir, pero tras lo de ayer tarde, considero que es necesario que rompa mi silencio.


Y es que ayer, como todos sabréis, era diecisiete de julio, uno de mis días favoritos puesto que es la fecha en la que empieza la novena. Sólo alguien que, como yo, sea de aquí, puede imaginar lo que este momento significa. Y únicamente yo puedo expresar lo que se siente cuando, unos minutos antes, los fieles empiezan a llenar la catedral. No os podéis imaginar lo que es para mí veros, cada año, abarrotar el templo durante nueve días, y la alegría que me producen las carreras de los chiquillos, el murmullo de las gentes o el incesante rumor del movimiento de los abanicos. Tanto disfruto que a veces hasta mi corazón de madera se conmueve y, por un momento, ganas me entran de pedirle a Dios que me haga carne y me permita compartir esos instantes con vosotros.

Ya sé que cantáis mal. Y no me importa, porque lo que cuenta es la intención. Y en vuestros desafinados sones hay amor del bueno. Y ya sé, también, que la mayoría os asomáis de cuando en cuando y os largáis a los bares de la zona mientras está la misa y sólo cuando el coro empieza entráis al templo. No hay nada que escape a mi conocimiento porque os conozco a todos. Y he conocido a vuestros padres. Y a los padres de vuestros padres. Y a los padres de los padres de vuestros padres... Y me gusta esa devoción un poco agnóstica, por no decir atea, que algunos me profesan. Porque esa asistencia vuestra da a entender que lo importante en un pueblo es su cultura. Más que su religión. Y que yo soy tan vuestra como el río que pasa bajo el puente.

Y vosotros sois míos.

Por eso ayer me acosté tan disgustada. Me hallaba al corriente de la epidemia que afecta al mundo entero y de que se habían suspendido las fiestas en mi honor. Y me pareció correcto, porque cuando el dolor campa a sus anchas lo más importante es ponerle freno, independientemente de los sacrificios que sean necesarios para ello. Sé muy bien de la identidad de vuestros muertos, y he llorado en soledad por cada uno de ellos, pues me consta que me eran bien devotos. Y es por ello que me sorprendió enormemente que las camareras se presentaran a engalanarme como cada mes de julio, y que más tarde se procediera a mi traslado y que en la tarde noche del día 17 se iniciaran, como de costumbre, los actos religiosos en mi honor.

Pensé que tal vez la situación había mejorado repentinamente y yo no lo sabía y me alegré. Pero cuando el deán se colocó en el altar ante un templo vacío me sentí la más desgraciada de las santas. Porque la novena, mi novena, no la hacen ellos, sino vosotros. La novena resuena desde vuestros corazones. Y ningún sentido tiene hacerla sin vuestra presencia. Imaginé, eso sí, viendo los aparatos, que el acto iba a ser retransmitido por alguno de esos medios modernos que utilizáis para comunicaros, pero ni así menguó mi malestar. Porque me pareció que hacer eso era como sacarme en procesión sobre una plataforma motorizada y que las gentes desfilasen con harapos en vez de engalanadas. Pensé en los gigantes, que no vendrán el día 24, ni me aguardarán ante la puerta de la Plaza Vieja el mediodía del 26, y bailarán ante mí mientras las campanas alborotan el cielo de esta ciudad que tanto amo. Pensé en todos los ancianos encerrados en las residencias, de nuevo privados de ver a sus familias, y me dio mucha rabia. Porque yo soy abuela y tudelana y no quiero tratos de favor. Y porque sin vosotros entrando y saliendo, desafinando y llenando con vuestra alegría el frío y desangelado templo la cosa no es lo mismo. Y no me gusta.

Porque no hay cámara que pueda mirarme como lo hacéis vosotros.

#SafeCreative Mina Cb

viernes, 17 de julio de 2020




FLUVIAL

Creo que con los años estoy pasando de ígnea a a fluvial. Será la madurez, supongo, que va poniendo en calma los instintos y tiende más al flujo que a la chispa, pero el caso es que cada vez me llama más el río, de tal modo que poco a poco se ha ido acentuando la tendencia de acercarme hasta su cauce hasta que, como ahora, ha llegado un momento en que me pasa como al viajero Benjamín, que soñaba con volver para morir en sus orillas. 

Y es que en el agua puedo leer a veces las respuestas que mi cerebro no consigue darme. Y entiendo entonces a mi compadre Juani Bones, que quedó desbordado a su llegada por la grandeza de este río nuestro hasta el punto de hacerle una canción. Es curioso que alguien de tan lejos haya tenido que venir a ponerme ante las narices la belleza de algo que he tenido siempre tan presente. Aunque tal vez sea precisamente eso: la constante presencia y, sobre todo, el miedo que desde la infancia acompañaba a la palabra Ebro al llegar el invierno y las crecidas, lo que me había hecho siempre mirar al hacia el río más con respeto que con admiración. Y ahora, ya entrada en años y desaparecida a la amenaza, he aprendido a contemplar con devoción sus aguas, a entretenerme observando la evolución de los peces y el aleteo de los pájaros en las tardes de verano desde el puente. Ahora sé distinguir los azulados reflejos de las alas de las golondrinas del centelleante turquesa del martín. Veo pasar las estaciones contemplando cómo los cormoranes de los meses fríos dan paso a las zancudas garzas y a todo el despliegue de emplumados veraneantes que llenan de vida la superficie de sus aguas. He quitado kilos de basura de su orilla y realizado conjuros en noches de luna llena, sentada ante su espejo mientras un castor se acercaba hasta el lugar, y he llorado a mares sola frente a él cuando la angustia amenazaba con romperme el pecho y nada me quedaba salvo el consuelo de confiar mis secretos a sus aguas y dejar que la corriente se llevara lejos, muy lejos, mi tristeza, segura como estoy de que me guardará el secreto y de que su líquida presencia me seguirá acompañando hasta el día en que los pies no me sostengan o mi corazón se detenga para siempre.

Lo dicho: Soy fluvial.

#SafeCreative Mina Cb

jueves, 16 de julio de 2020




AL REVÉS TE LO DIGO...

Aunque os parezca que la defiendo mucho a mí también me tiene en un sinvivir esto de la mascarilla, no creáis. Y eso que yo llevo ventaja a la mayoría de la gente, porque me colgué el bozal en marzo y desde entonces cargo con él un mínimo de cuatro horas ininterrumpidas de lunes a sábado. Y me doy con un canto en los piños porque curro a jornada reducida.

Claro que durante el confinamiento, como no andábamos por la calle más que los currelas, pues me quitaba el chisme en cuanto salía del tajo y luego ya, cuando levantaron la barrera, sólo me lo ponía en zonas de mucha concurrencia. Y en espacios cerrados, desde luego. Salvo bares, que allí el virus debe de ser inofensivo porque se puede estar a cara descubierta. Será porque el alcohol mata los gérmenes y a nadie se le ha ocurrido aún llevar a los enfermos a los bares en lugar de al hospital. O a las obras, que creo que inmunizan porque al menos los de la calle donde curro van sin mascarilla y ahí están, tosiendo encima de las vallas que luego toca todo quisque.

Pero a lo que iba: que parece que con lo de la obligatoriedad no voy a poder respirar aire puro, aparte de la terraza del bar, más que desde el balcón de casa.

Porque si me voy, qué se yo, a subir el Aneto por ejemplo, y como no sé si la normativa aragonesa será como la navarra, lo mismo tengo que llevarla porque igual en plena ascensión me cruzo con un octogenario de grupo de riesgo y la liamos parda. Si es que me he infectado en el bar o en el balcón. Le pego la cosa y lo mando al otro barrio. Claro que si subo con la mascarilla a quien la va a dar algo va a ser a mí. Porque si de normal ya se me taponan los oídos cuando enfilo el Carrascal en coche y se me resecan las fosas nasales en verano, ni te cuento lo que puede pasar si voy esnifando el CO2 durante todo el paseo. Que voy derecha a la UCI y a lo mejor entro con una hipoxia y salgo con el Covid de las narices.

Y es que estoy un poco harta de tanta tontería. Que aquí iba todo muy bien hasta que abrieron las fronteras. Y ahora claro, la culpa es de los temporeros, que vienen a doblar el lomo, y no de los guiris cerveceros que son tan dados a los concursos de chupitos boca a boca ni del personal que asiste a fiestas sabiendo que lo tiene y le importa una mierda contagiar a todo el mundo. De modo que el castigo es ir con el cacharro todo el tiempo, que hay a quien le parece la solución perfecta, pero que al final de la jornada acaba siendo como encerrarte en el coche con una goma saliendo del escape.

En fin... que estoy muy cabreada, porque hasta ahora, si quería respirar en condiciones me podía ir al campo, pero ahora ya no tengo claro si te pueden empapelar por ir por la Mejana sin la cosa, y yo ya estoy planteándome lo de la bicicleta estática para el ejercicio y la obra de al lado del trabajo o la terraza del bar para el oxígeno. O ya, yendo al extremo, echarme la petaca de cazalla a la mochila y largarme hasta el Bocal andando. Y si me paran los Forales por no llevar bozal decirles que si es por lo del virus que llevo alcohol encima. 

Y ofrecerles un trago si hace falta.

#SafeCreative Mina Cb

Pd: Mañana ya hablo de otra cosa...