jueves, 6 de agosto de 2026


 

UNA BOLSA DE PATATAS FRITAS

El otro día debatía con una amiga acerca de prácticas alimentarias y esgrimía una vez más ese argumento de que a mí me pones una caña bien tirada y un cuenco de picoteo (patatas fritas, frutos secos, ganchitos o cualquier guarrería similar) y soy más feliz que en el comedor del Arguiñano. Vamos, que no necesito ni el mar en frente. Solo mi birrita y mi crunch crunch.

En esto la moza me respondió que eso no es nada bueno y que una no se podía alimentar de patatas fritas y cerveza y yo le rebatí, aunque maldita la necesidad que tengo de defender mis argumentos a estas alturas de la vida, que hago deporte y vida sana y como variado y casero y blablablá. Pero que una cosa es eso y otra echar la existencia en el gimnasio para ver si recuperas el cuerpo de los veinte, amén de inflarte a complejos energéticos (y más químicos que mis crujientes patatitas) que te inflen como un globo la musculatura. Que quien desee hacerlo que lo haga, pero oye, a mí que me dejen mis paseos y mis cervecitas con algo de picar.

Pero en fin… ¿Qué por qué os cuento todo esto? Pues básicamente porque mi amiga la sanísima terminó el otro día en urgencias a causa de un tazón de salmorejo en mal estado.

Y ahora viene la pregunta:

¿Sabéis de alguien, salvo intolerancias conocidas, que haya precisado de asistencia médica por comerse una bolsa de patatas fritas?

#SafeCreative Mina Cb

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