jueves, 6 de agosto de 2026


 

UNA BOLSA DE PATATAS FRITAS

El otro día debatía con una amiga acerca de prácticas alimentarias y esgrimía una vez más ese argumento de que a mí me pones una caña bien tirada y un cuenco de picoteo (patatas fritas, frutos secos, ganchitos o cualquier guarrería similar) y soy más feliz que en el comedor del Arguiñano. Vamos, que no necesito ni el mar en frente. Solo mi birrita y mi crunch crunch.

En esto la moza me respondió que eso no es nada bueno y que una no se podía alimentar de patatas fritas y cerveza y yo le rebatí, aunque maldita la necesidad que tengo de defender mis argumentos a estas alturas de la vida, que hago deporte y vida sana y como variado y casero y blablablá. Pero que una cosa es eso y otra echar la existencia en el gimnasio para ver si recuperas el cuerpo de los veinte, amén de inflarte a complejos energéticos (y más químicos que mis crujientes patatitas) que te inflen como un globo la musculatura. Que quien desee hacerlo que lo haga, pero oye, a mí que me dejen mis paseos y mis cervecitas con algo de picar.

Pero en fin… ¿Qué por qué os cuento todo esto? Pues básicamente porque mi amiga la sanísima terminó el otro día en urgencias a causa de un tazón de salmorejo en mal estado.

Y ahora viene la pregunta:

¿Sabéis de alguien, salvo intolerancias conocidas, que haya precisado de asistencia médica por comerse una bolsa de patatas fritas?

#SafeCreative Mina Cb

miércoles, 5 de agosto de 2026


 

UNA DUDA ECLIPSTENCIAL

Tengo una duda acuciante
que no me deja dormir.
Estoy en un sinvivir.
¡Esto es súper estresante!

La fecha más importante
del verano está al venir
y nadie sabe decir
con seguridad tajante

si el día doce estará
el cielo bien despejado

y el eclipse se verá
como nos lo han anunciado

o se les rembolsará
la pasta a los que han pagado.

#SafeCreative Mina Cb

martes, 4 de agosto de 2026


 

AL PUEBLO

La resaca va a mejor
y estamos a día cuatro.
Julio fue puro teatro:
rojo y blanco de color
un asfixiante calor

y esa nostalgia a mechones
que baña los corazones
después de tanto festín.
Colorado, colorín
y al pueblo de vacaciones.

#SafeCreative Mina Cb

lunes, 3 de agosto de 2026


 

BIKINIS

El otro día fui a comprarme un bikini. La verdad es que hacía siglos. Entre lo poco que voy a la piscina y un par de bañadores que me reglaron, mi dos piezas era de principios de los dosmiles. Y no es que esté roto, sino que se ha desgastado la goma y ahora se me pega a la piel y es un poco molesto. Que si no ni de coña me meto yo en ese embolado.

Y es que lo de comprarme ropa, mercadillos aparte, me da un poco de pereza. Y más con los sujetadores, que no das nunca con la talla y este te lo ves enorme y el otro minúsculo y el de más allá te tapa una teta entera y la otra solo a medias por el tema de la asimetría. Y eso que no vas por ahí enseñándole el sostén a todo el mundo.

Cosa que, precisamente, pasa con el del bikini. Y por eso cuesta tanto decidirse. Porque no es plan de hacer un Sabrina en Novchevieja en la piscina del Frontón o en el embarcadero de Ribotas. Y antes de decidir hay que probarse modelos y modelos y aun así el que te llevas no acaba de convencerte.

Pues bien: una vez superada la pereza me planté ante el lineal de la ropa de baño y empecé a mirar, “coño, qué baratos” dije, al ver etiquetas de seis euros. Pero el mosqueo vino al comprobar que la braguita llevaba otra etiqueta. Y que había diferentes modelos de sostenes y braguitas para combinar. Y ahí ya se me desconfiguró el cerebro y hube de buscar ayuda.

“Oye, perdona- le pregunté a una chica- ¿las piezas del bikini van por separado?”

Me respondió que sí y a mí se me vino el mundo encima. Me visioné en el probador con une cesta a rebosar de prendas, mi cuerpazo serrano y esos espejos que lo reflejan todo. Y me invadió una angustia inenarrable y empecé a sudar pese a que el aire acondicionado estaba a toda zapatilla. Y luego pensé en ellos, en los gerifaltes, y en lo que iban a hacer con todos esos sostenes y braguitas que se quedasen sin pareja, en si los meterían en una tolva para reciclarlos, como se dice que se hace con las botellas de plástico, y confeccionar con sus restos prendas para la nueva temporada. Meditaba sobre ello mientras contemplaba la colorida muestra que se exhibía ante mis ojos, inmóvil y con aire ausente, tanto que la misma dependienta que me había atendido con anterioridad, se me acercó y me dijo:

-“¿Necesita que la ayude?”

“Muchas gracias, pero no.- le respondí- Creo que volveré el mes que viene, que lo habréis vendido casi todo y será más fácil elegir”.

Pero vamos, que lo más seguro es que al final me compre un bañador.

#SafeCreative Mina Cb 

domingo, 2 de agosto de 2026


 
TRASHUMANCIA

Reses que buscan pastos más allá del invierno.

Práctica milenaria,
necesaria costumbre transmitida
de una generación a la siguiente.

Supervivencia pura.

Simbiosis en un tiempo
donde todo era simple

y el hombre dependía de la bestia
más que esta del humano.

Respeto a la costumbre y a la vida:
nobleza frente a frente,
necesidad vital.

………..

Bochornoso espectáculo cruel y trasnochado.

Charlotada moderna,
inútil despropósito, tortura,
mal llamada cultura popular.

Esos niños y niñas…

que tienen un perrito
al que siguen los pasos,

al que aman con locura y al que lloran
el día que se muere.

Padres, madres, abuelos, jaleando
con el pequeño en brazos
tanta brutalidad.

#SafeCreative Mina Cb

sábado, 1 de agosto de 2026


 

LO DE COMER FUERA

La verdad es que yo no soy muy de comer fuera. Quiero decir de anticiparlo. De decidir con tiempo, planificar y reservar. Me mola más lo de ir a salto de mata, en plan menú del día o triando de garitos que sabes que tienen cosas que te molan.

Pero claro, desde lo del Covid la hostelería ha cambiado las normas y poco a poco lo de improvisar el condumio se va poniendo más difícil. O sea que hay que reservar y no sólo la mesa.

Y eso es lo que me jode.

Porque mira, lo de la mesa se entiende, pero lo del menú no me acaba de cuadrar. Porque, vamos a ver, si yo estoy de paso el Zamora y paro en Casa Zutano porque anuncian el menú en la puerta, y Zutano me toma nota y me da cinco primeros, cinco segundos y otros tantos postres a elegir en el momento… ¿por qué en mi pueblo tengo que decidirme dos semanas antes? Porque a ver, lo mismo elijo pochas y cachopo y el día de autos llevo un cuerpo jotero que está más para sopita y un pescado a la plancha. O a lo mejor resulta que, ya en el comedor, veo pasar al camarero con un plato que me parece interesante y digo: “Quiero eso”. O lo mismo una vez en el sitio en vez de la ensalada se me antoja un risotto porque sí.

Pues no, oiga. Tú reservas la mesa, te pasan el menú y eliges. Y la víspera del ágape puedes haber tenido una descomposición de espanto que el menú es el que es. Y en fin, que yo lo entiendo, las previsiones y eso, y que nadie quiere tener pérdidas, pero… ¿No se ha convertido el cliente en un poquito esclavo de estas prácticas, modernas y un tanto autoritarias? ¿No es bastante que tú decidas elegir un local donde comer (y dejar tus dineritos) como para que este te imponga la obligatoriedad de elegir un menú con tal antelación?

Que yo hablo, desde luego, desde el absoluto desconocimiento, pero, salvo en el caso de guisos muy puntuales (asados, paellas…) que requieren de una previsión ¿tan complicado es tener un fondo de armario culinario que permita al comensal decidir a la llegada? Que entiendo que para el restaurante es más cómodo que tú entres, te den la mesa y sepan lo que hay, pero el ir con un menú cerrado, al menos para mí, le quita a la cosa mucho encanto. Porque mira, antes de este despropósito corrías el riesgo de que cuando llegases ya no les quedaran calamares, pero te ofrecían otra cosa y punto. Y a la vez siguiente ya te ocupabas tú de andar más viva.

En resumen: que cada vez voy teniendo más la impresión de, en este terreno al menos, que es el cliente quien está a la disposición del hostelero.

#SafeCreative Mina Cb

viernes, 31 de julio de 2026


 

TERRORISMO CULINARIO

Saca la bota, María,
que yo prendo el asador:
las costillas, la panceta,
el tinto de Don Simón,

los platos, la ensaladera,
las fuentes, el cucharón
y la mesica plegable
con sillas alrededor.

El vecino traerá el postre
porque lo he invitado yo
y ha comprao pal carajillo
una botella de ron.

Ya está todo preparado.
Hemos buscado un rincón
pertrechadico a la sombra
pa que no nos pegue el sol

que luego la sobremesa
se nos prolonga un montón
y se revienen los sesos
a causa de la calor.

¡Qué gustico da ver todo!
Gloria de colocación.
Las costillicas rusientes,
la chistorra y ese olor

tan penetrante y gozoso,
tan navarro y sabrosón
que obnubila los sentidos.
¡Santana, qué bendición!

Una cuña de Idiazábal,
endivias al roquefort,
cogollicos de Tudela
con anchoa en salazón,

tomate feo, pepinos,
pimientos tipo padrón…
Suculentas ambrosías
que la Tierra nos brindó.

Ya vamos a hincarle el diente
con gusto a la colación
y llegan unas personas
a las que nadie invitó.

Van con gorricas de plato
y porra en el cinturón.
Hambre paice que no traen
y yo vino no les doy.

“Se me vayan dispersando
y suspendan la reunión.
La calle es espacio público
y esto es una ocupación

para la que no hay licencia
cursada tras petición.
Que esto no es un restaurante.
Recogiendo, por favor…”

Esto debe de ser chufla…
Algún vecino guasón
que ha pilláo unos disfraces
y viene de vacilón.

Pero de guasa la cosa
no tiene ni la intención.
Que esta pareja va en serio
y ya me rumió el multón.

Recogemos los manjares,
las sillas, el Don Simón,
la mesica, los cubiertos
y un flan que se nos cayó.

Almorzaremos en casa
quieticos en el salón
y si queremos ver calle
ya saldremos al balcón.

Terrorismo culinario.
¡Viva la prohibición!

#SafeCreative Mina Cb