martes, 10 de septiembre de 2013






RINCONES DE OLVIDO
 
El cuaderno usado,
el vestido estrecho,
la muñeca rota,
el libro leído,
el disco rayado,
el zapato viejo,
la vajilla ajada,
el espejo mate,
el tapiz raído…
 
Los muros vomitan
cascotes blancuzcos,
gimen las cortinas
esparciendo el polvo,
chirrían los goznes
escupiendo herrumbre
y alumbran la estancia
(uno frente al otro,
uno en cada esquina)
dos pálidos cirios:
 
Dos velas que fueron
hogueras antaño,
dos vidas que fueron
una sola vida,
dos seres que fueron
dos seres amados,
dos almas que fueron
almas compartidas…
 
Dos sombras ausentes
que un día existieron
y que ahora son sólo
rincones de olvido.

 


viernes, 6 de septiembre de 2013




 
LA PRINCESA
 
La princesa Leocadia
ha perdido el apetito
y languidece en su lecho
pálida cual blanco lirio
sin que nadie halle la causa
de su inusual extravío:
 “Tal vez esté enamorada
cual la de Rubén Darío”
Apunta el rey, mas la reina
se halla con el alma en vilo…
 
… Hasta una noche en que escucha
cierto sospechoso ruido
e intrigada, se levanta,
se interna por el pasillo,
se acuclilla ante la puerta
del  juvenil camerino…
y al atisbar por el ojo
de la cerraja del mismo
ve a la cándida princesa
con el cocinero chino,
el cochero del palacio
y un mercader de tejidos
¡¡¡ desnudos !!! …  y enmarañados
en un tórrido amasijo
de ambigua morfología
e incomprensible equilibrio …
 
“¡Caray!”, se dice la reina
mientras desanda el camino:
“¡Cómo se nota que es hija
de un trapecista de circo!”

 


jueves, 5 de septiembre de 2013






SI TE TROPIEZAS CON UN OSO… (POR EJEMPLO)
 
Me encanta leer esos libros que ha escrito gente que ha viajado. O que dice haber viajado, porque yo creo que alguno de estos Indianajones lo que hace es recopilar batallitas de colegas, echarles una tonelada de imaginación y marcarse un tocho de cuatrocientas páginas que nos pone los dientes largos y los pelos como escarpias.
 
Lo último ha sido el manual de supervivencia de un reportero explorador que contaba a los oyentes de una emisora de radio cómo sobrevivir en la selva. Yo, la verdad, hubiera preferido que me hubiese dicho qué hacer para acabar de una puñetera vez con la plaga de hormigas que cada verano se adueña de mi cocina, pero le agradecí lo de las fieras, más que nada porque, nunca se sabe, lo mismo mañana voy al campo a coger unos tomates y me encuentro, digamos, con un oso. Pues bien, si uno se tropieza con un oso es importante no perder la calma. Y no venirse a menos. De hecho, lo más aconsejable es ponerse bien tieso, alzar los brazos todo lo posible y demostrarle a la fiera que somos casi tan grandes como él. Y si eso no funciona, pues correr. Pero en zigzag, que con los osos no vale lo de correr en línea recta. No, porque ellos son más bien torpones para girar… Y así, en zigzag, en uno de los quiebros, pues los despistamos. Vamos, que si se tropieza usted con un oso tiene que hacer como con los toros del encierro… un quiebro y lo despista.
 
Sin embrago, lo que son las cosas, si uno se encuentra con un elefante hay que correr. Y en línea recta. También valdría lo de tumbarse largo y confiar en que nos pase por encima pero sin pisarnos. Aunque claro, eso ya sería mucho pedir. Así que si se tropieza usted con un elefante, ya lo sabe: corra. Y en línea recta. Eso a no ser que en la trayectoria dé usted con un río infestado de cocodrilos. Claro que si es de día no hay mayor problema, porque los cocodrilos cazan sobre todo por la noche. Pero no se fíe: procure no nadar; píllese un bote mientras que llega el elefante y surque el río remando con lo que pueda… nunca con los brazos que le morderían. Y no se preocupe si el bicho le enseña las fauces, porque no comen madera. Otra cosa es que en vez de en el río acabe usted en el mar y se tope con un tiburón: en ese caso, procure mantener la calma, no salir de estampida porque el animalito se pone nervioso, aproximarse a un muro, un  atolón o cualquier otra superficie y esperar a que el pez se largue. Claro que si eso no ocurre o, si ya puestos en lo peor, ve usted que el escualo se aproxima, lo que hay que hacer es golpearlo en el morro o la aleta, que eso lo desconcierta y le da tiempo a usted de poner pies en polvorosa. O por lo menos de intentarlo.
 
Y en cuanto a lo de quedarse quieto, dicen que funciona muy bien si te encuentras un gorila, que además suelen viajar en grupo. O un gran felino, o sea un tigre, un león o un guepardo. Sí, porque los grandes felinos parece que sólo consideran comida aquello que tiene vida propia, o sea que se mueve. Así que nada, tú te quedas quieto, te haces el baobab y el leopardo pasa de largo y se va a buscar cualquier cosa que se mueva… qué se yo, un excursionista que esté huyendo de un elefante por ejemplo.
 
Pero al lorito, que lo peor son los rinocerontes. ¿Y por qué?, os preguntaréis. Pues muy sencillo; porque parece ser que a los rinocerontes se les toma por el pito de un sereno, o sea que no se les considera peligrosos y no hay un protocolo de salvamento y  cuando la gente se los tropieza no sabe si hay que correr, quedarse inmóvil, andarse con ojo o ir en zigzag. Y al final lo que hacen es darles una patada en la boca, como a los tiburones, y se tropiezan con el cuerno, como en los encierros. Y para cuando quieren hacer el quiebro ya les ha pegado el bicho un empentón que los ha mandado dos kilómetros más allá y han caído justo delante de una familia de leones. Pero como están inconscientes a causa del golpe no pasa nada... hasta que se despiertan y los felinos se dan cuenta de que se mueven, o sea son comida.
 
Y se acabó lo que se daba.

 


miércoles, 4 de septiembre de 2013




 
LA HORA DE LA VERDAD
 
Estaba profundamente dormida cuando él llegó. No se apercibió de su presencia hasta que sintió sus manos dibujando circulitos alrededor de su ombligo, la deliciosa línea que conduce hacia el pubis y que a ella tanto le gustaba que le acariciasen.
 
Sintió desde el primer momento el sospechoso aroma, pero era tal la ternura de sus dedos, hacía tanto tiempo que no la hacía sentir de esa manera, que se dejó llevar sin una sola queja. Él continuó, una interminable serie de caricias, como al principio, cuando eran novios y conseguían escaparse juntos y pasaban la noche besándose, tocándose, haciéndose el amor y luego durmiéndose en brazos uno del otro para experimentar, de madrugada, el inmenso placer de despertarse al contacto de unas manos, con la piel encendida, el vello erizado, el cuerpo expectante… Luego ya llegaron los años de vida en común con su rutina, sus niños, sus hipotecas y sus movidas… Y apenas nada de tiempo para el disfrute del otro. Y la agonía de los siete últimos meses, después del comienzo del año, con ese cambio suyo, esa decisión que había transformado sus vidas, que los había conducido poco a poco al borde de la ruptura: su ansiedad, su irritabilidad, todas esas manías que había adquirido de repente; esa obsesión por levantarse los domingos al punto de la mañana e irse a hacer deporte. Y lo huraño que se estaba volviendo: desde el momento en que comenzó todo, había ido recortando todas sus salidas hasta convertirse prácticamente en un ermitaño. Ya no quedaba con sus amigos en la peña para ver los partidos, ya no salían los sábados a tomar unas cañas, ya no se acercaban los domingos por la mañana al centro a sentarse en una terraza a comer calamares y croquetas… Y casi mejor, porque cuando alguien los invitaba él acababa enfadándose por cualquier tontería y montando tal bronca que, fiablemente, ella tenía que echar mano de toda su diplomacia, cogerlo por el brazo y llevárselo a casa.
 
Las manos de él la enlazaban ahora por la espalda, dulce, delicadamente, buscando la posición que a ella más le gustaba mientras le mordía el cuello y le susurraba al oído “Te quiero, te quiero… Se acabó, te lo juro, se acabó todo”.
Ella buscó su boca para silenciarla con un beso y se dejó llevar… como al principio… lenta, silenciosamente, sin pensar el las luces parpadeantes del reloj que le anunciaban, maliciosas, que aquella iba a ser una mañana horrible en el trabajo.
 
Cuando al fin se separaron, él la miró a los ojos con cierto temor y le dijo:
“Lo siento mucho, cariño. He roto mi promesa. Esta tarde, después del trabajo, he salido con un par de amigos. Nos hemos tomado unas cañas y, en fin, estábamos tan a gusto… ha sido como antes de empezar toda esta pesadilla: las bromas, las anécdotas de la mili, las discusiones de fútbol…. una cosa ha llevado a la otra… Hemos ido a casa de Enrique, ya sabes lo que pasa allí… cómo son, cómo se ponen de cabezones. En fin, el alcohol, el ambiente, la charla… al final no he podido resistirlo. Tanto me ha insistido su hermana que no me ha quedado otro remedio que decir que sí… sólo por darle gusto. Pero el caso es que al primero ha seguido el segundo, y al segundo el tercero…
 
Y bueno, que he acabado fumándome medio paquete.”
 


martes, 3 de septiembre de 2013





LAS PREGUNTAS
 
Llevábamos media tarde con lo mismo: llena volquete, engancha volquete, transporta volquete, vacía volquete. Yo tenía las piernas rotas de tanto estar acuclillada sobre el suelo del garaje y el serrín empezaba a irritarme la nariz. Pero los niños, ya se sabe, son infatigables.
La cinta de los Fruittis se había terminado hacía tiempo y ahora eran las noticias de las seis, o de las siete, lo que el altavoz del radiocasette escupía con desidia. Lo de siempre: trifulcas políticas, derbys deportivos, guerras, terrorismo… Y un tipo con un curioso alias al que habían sacado de la cárcel.
 
¿Quién es Malasombra?- preguntó mi sobrino sin desviar los ojos del camión, que en este momento ascendía por una montaña de arena bamboleando su carga peligrosamente.
¿Quién?- respondí casi al tiempo que estornudaba.
 
Y él- Malasombra. El señor de que hablaban en la radio.
Y yo- Es un terrorista que acaba de salir de la cárcel.
Y él- ¿Y por qué estaba en la cárcel?
Y yo- Por poner una bomba que mató a varias personas.
Y él- Y ahora, cuando salga de la cárcel… ya no pondrá más bombas, ¿no?
Y yo- Pues a lo mejor sí. La cárcel castiga a los delincuentes pero no cambia sus ideas.
Y él- Entonces, y si puede que vaya a seguir poniendo bombas que maten gente… ¿De qué ha servido castigarlo? ¿Para qué sirve la cárcel? ¿Y por qué lo dejan salir si no están seguros de que no vaya a seguir matando gente?
Y yo- Voy a prepararte la merienda. Esta mañana he comprado un tarro de nocilla, que sé que te gusta mucho.
 
Me levanté del suelo, volví a poner en marcha el casette con la cinta de los Fruittis y salí  rumbo a la cocina pensando que es una lástima que a las ruedas de prensa no manden a niños de cinco años en lugar de a periodistas.

lunes, 2 de septiembre de 2013





SOY DE SABINA
 
A veces me pasa. Que lo extraño. Que lo necesito. Que me hace falta escuchar sus palabras roncas, sus versos descarnados, sus fábulas urbanas, sus cuentos de princesas metidas a fregonas.
Lo necesito a veces, como se necesita un trago después de un sobresalto, un pitillo después de un buen polvo o la reconciliación después de una disputa.
 
Soy de Sabina como otros son del Barça o del Madrid. De playa o de montaña. Del pesoe o del pepé.
 
Soy de Sabina pues, por hábito, por tradición y por principios. Soy de Sabina por no ser de otra cosa. Soy de Sabina por cantante, por golfo y por gañán. Pero sobre todo por poeta. Soy de Sabina porque me nutre y porque me consuela, porque me conforta, porque me retrata. Porque me rescata incluso.
Soy de Sabina porque tiene una canción para cada momento de mi vida. Soy de Sabina porque se ha hecho viejo, porque ha pasado de la chupa al bombín, del gorgorito al carraspeo sin despeinarse, sin pedir disculpas. Con una dignidad poco común en esta mierda de país en la que hay que pedir perdón hasta por sobrevivir al almanaque sin complejos. Soy de Sabina por aquella noche inolvidable y loca en que acabé en un descampado, cantando a voz en grito sus canciones con un chaval al que acababa de conocer y que soñaba con ser artista y al que nunca he vuelto a ver. Soy de Sabina gracias a las turradas de mi hermano, que me hacía escuchar una y mil veces las canciones de aquél “Juez y parte” paleolítico. Soy de Sabina a causa de aquella “Mandrágora” que tantas y tantas vueltas dio en el giradiscos de mi hermana. Soy de Sabina, finalmente, por propia convicción, porque es el poeta que me inspira, que me emociona y que me sorprende. Soy de Sabina por bocazas, por rapsoda, por cuentista, por cronista. Soy de Sabina porque es capaz de escribir los versos que yo nunca inventaré. Porque ha vivido mil vidas y las mil las ha cantado. Porque moja su léxico en los clásicos, en la calle y en los arrabales porteños. Porque no hay palabra mal dicha en sus canciones. Porque sus historias son reales. Porque habla del amor con una rudeza brutal y hasta conmovedora. Porque sus canciones siguen haciéndome llorar aunque las haya escuchado un millón de veces. Porque es, con permiso de los grandes y para mi gusto, el más lúcido y brillante poeta de estos tiempos. Soy de Sabina porque sólo hay uno.
Y porque, después de más de media vida juntos, me sigue enamorando en cada verso.
 
En fin… soy de Sabina.


domingo, 1 de septiembre de 2013






AMAR DE AMOR
 
Te amo de amor, de amar, de que me ames,
te amo de admiración y de añoranza…
Te amo hasta de amargura si se tercia.
Te amo de amar y de sentirme amada
 
Te amo de amanecer entre tus brazos,
te amo de amamantar tu boca osada,
te amo de amedrentarme con tu ausencia,
te amo de amilanarme si me hablas…
 
Te amo de amodorrarme, de embriagarme,
de amasar junto a ti un nuevo mañana.
Te amo de amenazarte cada día
con amarte de nuevo y con más ganas…
 
Te amo, en resumen, para no cansarte
desde tus pies hasta tus mismas canas…
desde tu inicio hasta tu desenlace…
 
Te amo de amor…
              …………..Que así es como se ama