EL RANCHO GRANDE
Ayer, al pasar por la Rúa, volví a ver los carteles de “Se vende” en los cristales. Lleva ya unos días y la verdad es que no me sorprende, porque meterse en fregados hosteleros es cosa de valientes. Los últimos fueron una familia de gitanos que no lo hacían mal y que montaban de vez en cuando conciertillos. Y que también, según me han dicho, tenían una cocinera que preparaba unas croquetas estupendas que, por cierto, me quedé sin probar.
Imagino que cerrarían por lo que cierran todos; esto es, que ni las croquetas ni los conciertos ni las cañas dan para la luz, el agua, los impuestos, el alquiler y los proveedores. Y así el local va pasando de mano en mano sin que, como dice la copla, ninguno se lo quede. Los tiempos difíciles que corren y el listón, que se quedó muy alto.
Los noventa fueron la década de San Jaime, que era una plaza que siempre había estado allí pero que apenas había tenido movimiento con el tema de la hostelería. De hecho, el Rancho llevaba allí desde que yo recuerdo, pero apenas entrábamos porque era un bar de viejos. Lo único que molaba era esa rueda de “Te juego el rolde”, que se presentaba como una interesante alternativa al juego de los chinos, al que en mi cuadrilla éramos bastante aficionados. Y luego, a ver, que cuando ya llevabas unos cuantos zuritos en el cuerpo se iban aminorando las exigencias y acababas entrando aunque aquello fuera un tugurio.
Hasta que lo arreglaron. Que igual fue Daniel porque de eso no me acuerdo, pero le lavaron la cara y lo dejaron chupi. Y luego ya abrieron San Jaime, la Fuente y el Josema y la zona se animó.
Claro que ninguno era como el Rancho en lo que al asunto culinario se refiere. Para empezar, tenía una vitrina bajo la ventana (cuánto me han gustado a mí siempre los bares con ventanita en la que pedir desde la calle) en la que exhibía el género que se había de servir a los clientes, de modo que te podías tomar la caña mientras le mirabas el ojo a la merluza o le contabas los tentáculos al pulpo al tiempo que saludabas a la parroquia que pasaba rumbo al Isidro. En ese rincón se podían echar horas de charla en el verano, sobre todo en las noches de fiestas, cuando Daniel (qué gran detalle) ofrecía un café a los currelas del camión de la basura.
Y luego, en las tardes de invierno, el personal se amontonaba a pie de barra mientras Titín y Julio despachaban a la clientela con una simpatía y una profesionalidad difíciles de olvidar. Tenían una campanilla que Titín solía accionar al grito de “Bote” mientras Dani pasaba por la plancha todo tipo de viandas con el solo auxilio de una aceitera, una paleta y una sartén negra a la que habían combado el mango vuelta del revés. Y volaban raciones y pinchos y vinos y cerveza. Y hasta algún descarado, como el tío de un novio que tuve, echaba mano una y otra vez a la bandeja de las patatas que tenían sobre el mostrador para montar las bravas hasta que el camarero le daba un pescozón.
Tenían además un empleado muy serio que falleció hace poco y que los sábados a la noche distribuía las mesas y te reñía (y con razón porque la lista de espera daba a veces para un par de consumiciones antes de sentarse) si tratabas de saltarte el turno. Y una cocinera bajita que de vez en cuando asomaba por el mostrador cargada de platos y bandejas y que, pese a lo aparente, era la dueña por herencia del negocio.
Y la ruleta de jugarse el rolde, que había sobrevivido a la reforma.
Porque hay detalles que resisten a la modernidad.
#SafeCreative Mina Cb
Cuentos, poemas, historias... Soy Inma y os propongo que hagamos un club de cuentistas. Con imaginación. Con ilusión. Con esperanza. Un club donde pasar el tiempo, donde evadirse... Donde jugar a ser otro.
jueves, 28 de agosto de 2025
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