domingo, 14 de abril de 2013




 
TARDE
 
Tarde triste, luz de tarde:
yo detrás y tú delante.
Tarde triste, sol de tarde,
arrebolado y distante.
 
Tarde triste, sed de tarde
muriéndome por besarte.
Tarde triste, bella tarde
para compartir con alguien.
 
Tarde triste, rancia tarde
sin el sabor de tu carne.
Tarde triste, lenta tarde:
minutos interminables…
 
Tarde triste, ciega tarde
que se agrisa a cada instante.
Tarde triste, ronca tarde
gritando tras los cristales.
 
Tarde triste, turbia tarde
caminando entre las calles
tarde triste, eterna tarde
¡Qué soledad tan gigante!

 

viernes, 12 de abril de 2013




LA VERDADERA HISTORIA DE PINOCHO


Gepetto le sacudió suavemente para despertarle.
¿Has dormido bien, mi niño?- le preguntó.

Pinocho se desperezó ruidosamente, sus articulaciones emitiendo arbóreos crujidos mientras respondía: -No sé, abuelo. Ha sido todo muy raro. Imagínate que he soñado que era de madera… De madera, ¿te das cuenta qué tontería? Y que había un hada buena que me convertía en niño de verdad. Como en los cuentos que tú me contabas de pequeño. En fin, menos mal que sólo ha sido un sueño. ¿Qué hay para desayunar?

Gepetto lo miraba sonriendo mientras el chaval engullía con ganas. Y es que al buen carpintero se le había ido la mano y en vez de un chiquillo había tallado un adolescente de 16 años que comía como una lima, un mozalbete atlético y bastante guapetón a su juicio. Lástima de ese nudo de la madera que no pudo eliminar completamente y que le había dejado esa nariz tan fea.

Una vez terminado el desayuno, el anciano le entregó dos cosas: un grillo y una cartera. El grillo, le dijo, se llamaba Pepito y sería su guía. Y la cartera era para ira al colegio, donde sin duda lo convertirían en un hombre de provecho. Él ya había soñado con que Pinocho fuera abogado, o médico. O incluso, quién sabe, presidente de la nación.

¡Ay! Pero el mal nunca descansa y cuando el chaval llegó al cole se encontró con una profesora que le hacía morritos. Era pelirroja y simpatiquísima, y tenía las curvas de Sophia Loren y la mirada de Gina Lollobrigida. Pepito Grillo se dio cuenta de inmediato de que la espectacular hembra no era sino la acérrima enemiga del hada buena que había dotado de vida al muñeco y se aprestó a alertar a Pinocho:
-Ni se te ocurra escucharla- le dijo- Es la reencarnación del mal. Te llevará derecho a la perdición. Condenará tu alma y el pobre Gepetto morirá de la tristeza.
 
Pero Pinocho estaba ya atrapado entre las pestañas de la diosa. Y cuando ella le pidió que se quedara después de clase para darle unas lecciones particulares, al chaval se le pusieron los ojos como platos. Cogió al grillo, que ya lo tenía frito con tanta moralina, lo metió en un frasco con formol y lo llevó al laboratorio de la escuela.
Luego volvió al aula donde le esperaba la maestra, que debajo de la bata blanca llevaba un body negro y unas ligas rojas.
 
Y fue entonces cuando a Pinocho empezó a crecerle la nariz.

miércoles, 10 de abril de 2013




 
POR SABER…
 
El valor de mi vida por saber lo que piensas;
el brillo de mis ojos por saber lo que buscas;
la fuerza de mis brazos por saber lo que miras;
la sangre de mis venas… por saber lo que sientes.
 
…Por saber lo que sientes.
 
Por tenerte conmigo, aunque sea callado:
¡mis manos!
 
Por tenerte a mi lado y poder escucharte:
¡mi carne!
 
Por tenerte en mis brazos, una noche sólo:
¡mis ojos!
 
Por tenerte abrazado al nacer la mañana:
¡mi alma!
 
Por tenerte encerrado dentro de mi piel:
¡mi ser!
 
En cualquier instante miradas furtivas
(tan sólo una amiga)
Sonríes, asientes, arqueas las cejas
(confesión incierta)
Un par de palabras descubren el gesto
(cómplice encubierto)
 
Mensaje encriptado, palabras sin frase:
¿El amor que nace?
 

 

jueves, 4 de abril de 2013

 
 
 
 
LA CUENTA-MILAGRO
 
Me he llegado hoy al cajero,
he metido la tarjeta
y por poco me desmayo
cuando he visto lo que queda
en la cuenta, y no ha hecho el mes
más que asomar la cabeza.
 
Me he acercado al mostrador
a actualizar la libreta
por ver si, nunca se sabe,
había habido en la cuenta
algún movimiento extraño:
un pago, una transferencia…
un cargo de otro cliente,
algún sablazo de hacienda…
Pero nada, todo estaba
bien anotado y en regla:
la factura de la luz,
el teléfono, las letras
del coche que aún no he pagado,
la ITV, la hipoteca,
compras del súper, recibos,
tickets de gasolinera…
Lo mismo de cada mes
pero con la diferencia
de que cada mes es más
lo que pago, y en inversa
proporción estoy cobrando
y, claro, el sueldo no llega.
 
Así que, tras descartar
lo de cortarme las venas,
me he acercado al mostrador
y he preguntado muy seria
si no sería posible
apañarme a mí una cuenta
como la de Urdangarín,
el de la hija de la reina,
de esas que, de hoy a mañana
te multiplican las perras
y, lo que es más cojonudo,
tú ni siquiera de enteras.
 
"Cuentas-milagro" les dicen…
y no es una cosa nueva
que en tiempos del Urralburu,
cuando estaba la peseta,
no sólo multiplicaban
el saldo de la libreta
sino que lo transferían…
¡Y cambiaban la moneda!
Que tú metías aquí,
pongamos, dos mil pesetas
y al cabo de algunos días
y sin que tú lo supieras
se te habían transformado
en cien mil coronas suecas.
 
Así que, señor banquero,
déjese usted de pamemas,
no me regale sartenes,
ni bolígrafos de pega:
quiero una cuenta milagro
como el yerno de la reina,
y, si no es posible, ruego
tenga usted la deferencia
de estafarme un poco menos
y no robarme las perras.

miércoles, 3 de abril de 2013




LA OTRA VIDA DE LOS OBJETOS
 
Le costó un par de horas pasar de la fascinación al desengaño. Más o menos el tiempo que un amigo común tardó en quitarle la venda de los ojos, contándole cómo se estaba riendo de ella delante de todo el mundo.
 
Fue ella misma quien le hizo las maletas, rebuscando a conciencia en los cajones para asegurarse de que no quedaba en el apartamento ni un solo resquicio del paso por su vida de aquel impresentable. Mientras, en el recibidor, un carpintero cambiaba la cerraja, de forma que cuando él llegó se encontró sus pertenencias en la puerta.
Y supo, porque la conocía bien, que nada podría hacerle cambiar de opinión.
 
Le hubiera gustado, sin embargo, haber podido deshacerse de los recuerdos con igual celeridad. Pero eso es imposible, y los meses siguientes fueron una sucesión de flashbacks que relampagueaban en su mente: canciones evocadoras, lugares comunes, expresiones salidas de otros labios…
Afortunadamente, nada es eterno, y esas pequeñas cosas que en principio tanto se lo recordaban se fueron diluyendo poco a poco en su memoria. Y al cabo del tiempo fue capaz de escuchar esas canciones sin que se le humedecieran los ojos, de visitar esos lugares sin que la invadiera la nostalgia.
 
A veces encontraba algún objeto suyo, algún resquicio olvidado en un rincón, y le daba no se qué tirarlo. Lo guardaba en cualquier parte, sin emoción alguna, sabiendo que tarde o temprano tendría que desprenderse de ese lastre para pasar la página y seguir viviendo. Pero es complicado decidir dónde depositar las emociones. No le apetecía llevar esos enseres a una institución benéfica, pero tampoco regalarlos a alguien conocido. Y tirar a la basura algo útil no encajaba con su austeridad.
 
De modo que empezó a olvidarlos en lugares públicos. Cada vez que encontraba alguna cosa, la metía en el bolso y la abandonaba en un banco, en la mesa de un café, en un vagón del metro… De esa forma, pensó, daba a los objetos la oportunidad de disfrutar de una segunda oportunidad, de convertirse para aquellos que los encontraban en algo precioso, nuevo y excitante.
 
Así que ya lo sabes: si un día entras a un bar, ves que una mujer se marcha olvidando unas gafas en la barra y cuando le preguntas te dice que no son suyas, no insistas. Simplemente tómalas, mételas en tu bolsillo y dales la oportunidad de comenzar una nueva vida.

martes, 2 de abril de 2013



 
 
LO IRREPARABLE
 
Sólo pudo escuchar la primera frase. El resto no fueron sino palabras inconexas que atravesaban su cerebro de un lado a otro, como una corriente de aire entre sus oídos. Mantenía la mirada fija sobre las rodillas, sin atreverse a levantar la vista, y recordaba casi con exactitud todos y cada uno de los desatinos cometidos, y que le habían hecho tanta gracia desde el primer momento. Recordaba las advertencias de sus padres, al principio, cuando apenas salía de la infancia. Recordaba las campañas publicitarias, acerca de las que bromeaba delante de sus amigos, de sus familiares, de todo el mundo. Esas cosas, decía, son como los accidentes de tráfico, siempre les pasaban a los otros.
Pero no.
Ahora estaba allí, sentado, sin atreverse a mirar la radiografía que reposaba sobre la mesa, aguantándose las lágrimas y diciéndose a sí mismo mierda-mierda-mierdaymilvecesmierda. Y pensando cómo se lo iba a explicar a su mujer cuando llegara a casa.
 
El hombre sentado frente a él terminó de hablar. Se levantó de la silla, se le acercó y le preguntó si se encontraba bien. El musitó un sí apenas audible y salió de la consulta. Atravesó el pasillo despacio, como un zombi, ajeno al mundo que se agitaba a su alrededor. Salió a la calle. La mañana era fresca. Se sentó en un banco y echó la mano al bolsillo, el gesto instintivo que siempre acompañaba a la salida de un espacio público. Sus dedos sintieron el crujiente y familiar contacto del paquete, casi vacío. Lo sacó, estrujándolo con rabia y lanzándolo lejos, muy lejos.
 
Y sólo entonces pudo llorar.

lunes, 1 de abril de 2013

 
 
 
 REENCARNÁNDOSE, QUE ES GERUNDIO. Y REFLEXIVO
 
Todavía me estoy recuperando del impacto que me causó la última chaladura de uno de los curas de mi pueblo (sí, lo siento, ellos otra vez), que se negó hace unos días a que en la parroquia que regenta se celebrasen los oficios fúnebres de una mujer que había donado su cuerpo a la ciencia. El párroco argumentó que sin cadáver no había exequias.
Y se quedó tan ancho.
 
Y es que esto de reencarnarse va a ser como cuando de pequeños nos mandaban a la tienda a por la leche: que si no ibas con el envase vacío ya le podías llorar al abacero todo lo que te diera la gana que aquella mañana desayunabais todos agua del grifo. Como mucho, y si pillabas al tendero de buenas, se apiadaba de tu llanto y te metía la leche en uno de los envases que retiraba para echar a la basura y que, por lo general, tenía todo el gollete descascarillado. Y entonces el riesgo era el de jugar a los faquires, intentando adivinar a quién iba a tocarle el trocito de cristal que se había desprendido al echar la leche a la cazuela.
 
En fin… que parece ser, según para qué curas, que al otro mundo hay que ir completo.
Vamos, que ya me veo yo a San Pedro, el día del juicio final, y justo después de la ceremonia del peso de las almas, pasando a todos los aspirantes por un escáner a ver si están enteros. Y luego diciéndote: “Pues mire, no se puede usted reencarnar porque le falta un dedo”. Y el otro: “Ya, pero es que era carpintero, y me lo corté con una máquina”. Y san Pedro: “Ah, eso no es cosa mía… ahí en frente tiene usted a María Magdalena que es la que lleva el tema de las reclamaciones: rellene usted el impreso y ya le atenderá San Judas Tadeo cuando le toque el turno. A ver, el siguiente… usted tampoco puede pasar que le falta un riñón”. -“Ya, pero es que nací sólo con uno. Tengo un informe del hospital donde lo certifica, pero claro, lo dejé en la Tierra. Si me deja usted bajo a por él, o le pego un telefonazo a mi  mujer para que lo escanee y me lo mande por mail. Mire usted que a mí me hacía mucha ilusión reencarnarme, que he llevado una vida de lo más miserable…”.- “Nada, nada, déjese de tonterías y de vuelta al limbo. Y ahueque el ala que hay cola. A ver, Santa Teresa, ¿dónde está el brazo que te falta?”. -“En el convento, ya lo sabéis de sobra… que llevan las hermanas siglos sacándoles dinerillo a los turistas que lo quieren ver”. -“Pues ya estás yendo a buscarlo que sin brazo no hay reencarnación. Y busca un cirujano que te lo reimplante. Si hace un buen trabajo y no se nota mucho el remiendo, entonces hablaremos. Pero no te prometo nada.”
 
Con este panorama, no me extrañaría nada que se cree en el limbo un mercadillo de repuestos en el que aquéllos que pasen treintaytrés del tema de la reencarnación se dediquen a dejarse desguazar y vender sus piezas por dinero. Claro que el problema, como en la tierra, será el tallaje. Porque no es lo mismo encontrar una pierna a la medida si mides 1’70 que si mides 2’10. Y en cuanto a las vísceras, a ver qué iba a pasar con la momia de Lennin, o la de Tutankámon. Yo creo que es por eso que a Hugo Chávez al final no lo han momificado. Porque Bolívar le debió de ir con el cuento cuando partió del mundo de los vivos y una noche se metió en la cama de Nicolás Maduro y le dijo que de sacarle las entrañas nada de nada. Que lo mismo luego se tenía que quedar dando tumbos por el limbo eternamente y tampoco era plan. Y que él lo que quería era volver a la Tierra. Y seguir mandando. Aunque fuera en la piel del presidente de los Estados Unidos.
 
………………………………………
 
Así que de momento y por si acaso, yo he roto mi carnet de donante de órganos y les he dicho a todos mis allegados que a mí ya me puede ir la vida en ello que no me corto ni las uñas.
 
Yo que sé, malo será que al final me reencarne en ostra.