LO DEL ALCALDE
Ayer era un día triste para entrar en estos barros pero hoy ya me lanzo porque creo que hay límites que nadie debería rebasar.
El hospital cumple 40 años y algunas personas, por nuestra edad, recordamos la diferencia entre el antes y el después. Esta que redacta, por ejemplo, pasó hace mil vidas una noche en la Milagrosa, muy bien atendida por cierto, cuando lo de disponer de un centro a la altura de una ciudad como Tudela era un sueño de marcianos.
Pero llegó, como acaban por llegar todas las cosas importantes. Y la sanidad ribera se transformó y mejoró gracias a un centro moderno y equipado que apareció, además, en el tiempo en que las vacas flacas ni de lejos se arrimaban al sector sanitario. O sea, cuando Navarra era una comunidad a imitar por sus carreteras y sus servicios médicos.
En ese hospital nacieron mis sobrinos. Y falleció mi madre. Y en él, y por temas familiares, pasé hace unos cuantos años muchas noches en vela, pendiente de pruebas, diagnósticos e ingresos de algunos seres queridos. Fue entonces cuando se empezó a notar. Cuando de repente las sábanas estaban remendadas y te ibas dando cuenta, a través de mil detalles, de que las cosas estaban cambiando para mal. De quién gobernaba entonces (rondando el cambio de siglo) no me acuerdo, pero sí de esa triste percepción de que se había iniciado una carrera que alguien debería haber parado.
Pero nadie lo hizo. Y la pandemia vino a dejar en pública evidencia algo que llevaba décadas gestándose. Y a la sanidad le salieron goteras por todas partes pero, pese a ello, las personas que trabajan en nuestro hospital han seguido al pie del cañón, día a día, entregando lo mejor de sí mismas al servicio del paciente.
El miércoles me tocó consulta en gine (ese cribado del papiloma que, junto con el del cáncer de mama, la sanidad nos regala a las mujeres de avanzada edad) y flipé con la mejora de la zona. Entré a la consulta con retraso debido a la huelga de médicos y me atendió una facultativa que lo primero que hizo fue darme información acerca de la prueba. La atención fue absolutamente exquisita, pese a la placa de “médico en huelga” que colgaba de la bata de la ginecóloga. Lo mismo puedo decir de un celador que ayudó a una chica con la máquina de las citas o atendió a una mujer que andaba un poco despistada. Me imagino que, además, el mozo tendría algo que hacer, pero en ningún momento demostró impaciencia por dicha circunstancia.
A lo que iba; que el hospital, con más o menos medios, lleva cuarenta años velando por nosotros. Y salvando vidas.
Lo voy a repetir por si alguien no se entera.
SALVANDO VIDAS.
Salvando vidas, que significa entrar a toda pastilla con alguien en situación crítica y que el personal pierda el culo para atender a ese paciente. Y sí, los que están con la almorrana se tendrán que esperar tres horas. Pero es que la plantilla es la que es. Y no dan para más. Y bastante hacen. Puede que incluso más que bastante. Porque son gente normal, no superhéroes.
Y es por ello, por las vidas salvadas, que hay que celebrar este cuarenta cumpleaños. Con todas las puntualizaciones que haga falta, pero celebrarlo. Y no aprovechar la onomástica para colocarse ante la cámara y echar pestes contra la sanidad de la Chivite. Porque hay momentos, cuando se habla de gente que salva vidas, en que sobra todo lo demás. Uno va al evento, se hace fotos con quien toque y se toma un vinito con un pincho de tortilla. Ah, y sonríe. Mucho y a todo el mundo. Que para eso es quien es.
Y ya, si tiene que evangelizar, lo hace otro día. Otro rato.
En otra circunstancia.
#SafeCreative Mina Cb
Cuentos, poemas, historias... Soy Inma y os propongo que hagamos un club de cuentistas. Con imaginación. Con ilusión. Con esperanza. Un club donde pasar el tiempo, donde evadirse... Donde jugar a ser otro.
sábado, 21 de febrero de 2026
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