HILO Y AGUJA
Hubo un tiempo en que la igualdad no existía y las mujeres se sentaban a
las puertas de las casas con sus cestas de costura. Un tiempo en que
agujas y alfileres, madejas y bobinas, dedales y acericos, formaban
parte del mobiliario urbano y del ajuar doméstico.
Recuerdo a mi madre remendando calcetines con aquel huevo de madera, tan brillante y ennegrecido por el uso, que nosotros h
acíamos
rodar por el suelo en cuanto ella se descuidaba un poco. Recuerdo las
cajas llenas de carretes de colores cuyos cabos juguetones se enredaban
entre sí formando trenzas irisadas que había que cortar de un tijeretazo
cada vez que se necesitaba utilizar una bobina. Recuerdo esos zurcidos
primorosos sobre las batas del colegio, esos sietes recosidos que yo
escondía con vergüenza y que hoy, sin embargo, exhibo con orgullo en una
de las camisas de mi uniforme (“Sí, qué pasa, sé zurcir, me enseñó mi
madre… ¿algún problema?”- respondo a quien me hace cualquier comentario
malicioso). Recuerdo las primeras puntadas que yo misma daba en casa,
en trozos de tela inservibles que caían de los recortes de las labores
de mi madre. Recuerdo la emocionante aventura de enhebrar una aguja por
primera vez, humedecer con los labios la punta de la hebra y dejarla
recta, bien recta, aproximándola cuidadosamente al ojo del acero
sostenido con la mano izquierda hasta ver cómo pasaba al otro lado.
Recuerdo las sartas de hilvanes desechables, los dobladillos de puntadas
invisibles, los frunces y las lorzas, las jaretas… y ese maravilloso
mundo que dormitaba dentro de las cajas de plástico de las mercerías:
los galones y los flecos, los bieses y las tiras de zigzag, las cintas
de raso y de estarfor… y las tiendas de telas con sus enormes piezas
redondas y apiladas en grandes estanterías. Todavía puedo sentir el olor
del fieltro y de la pana, del lino y del tergal… Aún veo las nubes de
jóvenes modistillas, aprendizas de costurera que pasaban las tardes en
los talleres de corte y confección tomando medidas, dibujando patrones,
cortando piezas, hilvanando, marcando, embastando, embebiendo, probando
y pasando a la máquina mientras hablaban de sus novios, de sus amigas y
de sus proyectos. Y recuerdo también la sensación incomparable que una
sentía al enfundarse por primera vez aquella prenda nacida de sus
propias manos, y salir a la calle con ella, y decir con orgullo, cuando
alguien te preguntaba por la tienda donde la habías comprado:
“Lo he hecho yo”.
Eran otros tiempos sin duda. Hoy ya casi nadie zurce calcetines con un
huevo de madera. Pero a mí me gusta seguir recordando, cada trece de
diciembre, aquellas alborotadas y lejanas tardes del taller de corte y
confección adonde mi madre se empeñó en mandarme, muy a mi pesar, y
donde yo acabé pasando tantos y tan buenos ratos.
#SafeCreative Mina Cb