sábado, 11 de abril de 2026


 

SERVANDO

Servando era de los que no habían salido del pueblo jamás. Bueno, alguna vez para cosa de médicos pero en plan del autobús a la consulta y de la consulta al autobús, que la ciudad lo ponía muy nervioso. Y allí lo tenía todo a mano: el bar, que hacía de tiendecica, los furgones de víveres frescos una vez a la semana, la iglesia para la procesión de la patrona… Y hasta una moza con la que se había casado y había tenido cuatro vástagos, dos chicos y dos chicas, que vivían fuera y no se arrimaban por allí más que de vez en cuando.

Pero él era feliz: su huertecico, su partidica de mus con los amigos, sus charradicas en la calle por la noche y sus paseos. Que ahí es donde estaba la madre del cordero. En los paseos. Porque, con el paso de los años, la próstata y el colon irritable le andaban haciendo la puñeta. Y su casa, que había heredado de sus padres, estaba arriba del pueblo. Y muy arriba, porque allí las cuestas eran de categoría. Y de joven las subía en un voleo, pero ahora le costaba y tenía que apretar el culo mientras apretaba el paso. Con el peligro que eso conlleva. Y más de una vez llegó con los pantalones sucios y le tocó regañina de la Blasa, que era muy buena pero muy pulcra también. Y que le había llegado a amenazar con el divorcio porque la cosa pasaba cada vez con más frecuencia. Y Servando no quería ir al médico porque temía que propondría una operación y él no tenía ni media gana de ir al hospital.

Hasta que se le ocurrió. Tontamente además. Un día que oyó hablar en el bar de los váteres portátiles y dijo: “Sopla, ya lo tengo”. Y dicho y hecho. Problema resuelto para siempre jamás. Eso sí, a la Blasa no le ha dicho nada porque se la lía. Y en cuanto al alcalde, también es una tumba porque sufre de los mismos males y casi son vecinos.

Lo malo es cuando llueve. Que se quedan sin papel.

#‎SafeCreative‬ Mina Cb

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