MADRE NO HAY MÁS QUE UNA...
…Afortunadamente.
Porque de existir dos, la mayoría de nosotras no hubiéramos sobrevivido
a la adolescencia. Claro que existiendo sólo una, las que no me explico
cómo no pierden la vida en el intento son ellas.
Y es que, si la relación madre-hija supera con éxito el periodo
pospuberal, se puede decir que es un amor para toda la vida. Porque las
chicas nos pasamos toda la infancia sin ser conscientes de lo madre que
puede ser una madre. Esto es, el hecho de que no te deje atiborrarte de
ganchitos antes de cenar se supone que es parte de su trabajo, así como
que te prohíba terminantemente salir a jugar a la calle con 8 grados
bajo cero.
Pero es que durante la adolescencia, que es cuando más
quisieras que tu madre se tomase unas vacaciones, es cuando más horas
ejerce.
Porque las madres de adolescentes son como los animales de
la selva: que parece que descansan, pero no; al mínimo signo de
movimiento levantan la oreja, entreabren un ojo y, cuando te quieres dar
cuenta, han caído sobre su presa y la han convertido en picadillo para
hacer albóndigas con que alimentar a la prole.
Una se disponía a
salir a la calle vestida para triunfar, deslizándose de puntillas por
el pasillo aprovechando que mami estaba entretenida con la peli de la
Lina Morgan y, justo al llegar a la puerta, y no se sabía bien de dónde
ni cómo, surgía ante ti ella sosteniendo una chaqueta. Y no había manera
de convencerla de que la chaqueta vasca que tu tía te había regalado a
los 12 años no era el mejor complemento para los pitillos ajustados y la
camiseta de devorahombres. Madre decía que había que ponerse la
chaqueta y, una de dos, o te la ponías, o no cruzabas la puerta si no
era por encima de su cadáver.
Y lo peor es que el hecho de
sumar a su labor nuevas tareas como esta de supervisora del vestuario, o
la de olerte la ropa para saber dónde habías estado, o la de espiar
tras las cortinas para comprobar si venías acompañada y por quién, no le
restaba eficiencia en sus labores de toda la vida, como la de vigilar
que no te dejases comida en el plato, estar al tanto de tus amistades y
echarte la bronca cuando llegabas tarde, traías malas notas o no
limpiabas tu cuarto.
Y es que, a las preocupaciones por tu
salud, por tu porvenir y por tu educación, se había sumado el mayor de
los miedos que acechan a todas las madres de adolescentes del mundo
mundial:
El de que te dejaran embarazada.
#SafeCreative Mina Cb
Del blog "Bridget Jones era anglosajona y, además, de mentira"