domingo, 18 de agosto de 2013



 
TE ACOMPAÑARÉ
 
Desde el primer instante supo que era imposible persuadirlo. Tan bien lo conocía, tan íntimamente unidas estaban sus almas que adivinó que las súplicas, los razonamientos, el chantaje incluso, serían en vano.
De modo que finalmente se armó de valor, encerró bajo llave a su maldita conciencia y le confesó que estaba de acuerdo con él desde el principio, y que la decisión de partir precisamente en ese momento le parecía la salida más digna. Y la más acertada para todos.
Incluso para él.
 
Eligieron una noche de lunes, cuando las ciudades están tranquilas. Cenaron en un italiano y después tomaron un par de copas o tres, lo suficiente para envalentonar el espíritu pero sin pasarse, que ya se sabe que el alcohol tiene la desdichada virtud de amplificar la tristeza.
 
Caminaron un rato por las calles estrechas y solitarias, charlando en voz baja, riendo sin ganas. Iban despacio, muy despacio, parándose delante de las vitrinas de los escaparates apagados que miraban sin ver.
 
Llegaron a su casa pasada la medianoche. Él lo dispuso todo meticulosa, serenamente. Ella lo contemplaba en silencio, apoyada en el marco de la puerta, sin atreverse a hablar, a moverse, a importunar su labor.
 
Cuando todo estuvo preparado ella se acercó a la cama, sentándose tras él, abrazándolo con fuerza  mientras él vaciaba el contenido del vaso. Le hablaba en voz baja, ahora sí, de cosas importantes, de todo lo vivido, de aquella amistad extraña y ambigua, casta e inquebrantable, que habían compartido durante tantos años. Poco a poco su cuerpo fue perdiendo estabilidad, y se fue dejando caer, apoyado sobre ella, hasta acabar tendido sobre la cubierta de raso. Ella siguió hablándole queda, dulcemente, ya de incoherencias, de banalidades… palabras sueltas sin forma y sin sentido… mirándole.
Hasta que sus ojos se cerraron del todo y su respiración se convirtió en un runrún pesado y rítmico, y ella se tendió junto a él, llorando, ahora sí, pero en silencio, apretando su cuerpo contra el del querido amigo en un intento de traspasarle un leve hálito de vida, de esa vida que se le iba escapando, ya era hora, por fin.
Y para siempre


miércoles, 14 de agosto de 2013





LOS CUENTOS DE HADAS
 
No es verdad, señoritas, lo que dicen
los cuentos que escribieron los cuentistas…
No es verdad que haya príncipes azules,
no es verdad que tengáis hada madrina…
y no hay final feliz garantizado
ni poción que haga efecto de por vida.
 
Nadie sabe qué fue de Cenicienta
tras calzarse el zapato a su medida
y encontrarse de pronto en un palacio,
tan vulgar entre tanta gente fina.
Ni saben si la triste y dulce Bella
Durmiente no acabó al fin de sus días
afectada de insomnio y alternando
el valium, el café y la nicotina.
Nadie nos ha contado si en efecto
supo adaptarse Ariel, la Sirenita
al medio ambiente seco y degradado
de un reino terrenal y cainita.
Ni nos contó mamá que Blancanieves
sufría de terribles pesadillas
tenía fobia a espejos y manzanas
y un aire entre espectral y enloquecida,
ni que la Bella abandonó un verano
su peludo animal de compañía
atándolo, eso sí, narcotizado,
al pie de un surtidor de gasolina.
 
 
Cuentos sin terminar, falsas verdades…
historias rosas sólo a media tinta:
chismes de viejas, fábulas, rumores
películas de Disney… tonterías.
 
Nunca nadie nos dijo la verdad…
más bien nos engañaron como a chinas:
y es que ni son tan pánfilos los príncipes
ni las princesas son tan modositas.

 


martes, 13 de agosto de 2013



 
LA FÁBULA DEL ESCARABAJO

No ando yo muy puesta en épocas de celo, pero el reino felino debe de estar en ello porque en los últimos días no hago sino tropezarme con pequeñas bestezuelas de diverso carácter. Es curioso, pienso, cómo al fin y al cabo todos los seres vivos somos parecidos, esto es, con los cachorros de cuadrúpedos pasa como con los de bípedos: algunos se largan con cualquiera y otros por las justas se dejan tocar por sus parientes… y no por todos.

Han llamado mi atención esta mañana cuatro gatitos que sesteaban junto a una caseta. Dos han salido a escape en cuanto me he aproximado, otro se ha hecho a un lado y el más intrépido, un ejemplar común, de esos rayados, se ha quedado mirándome con sus enormes e inquisitivos ojos azules. “Corta vida- me he dicho- te espera, chaval, si vas por el mundo tomando tan pocas precauciones”. Y mientras me arrimaba para verlo más de cerca, un enorme escarabajo ha asomado su negra anatomía por ahí.

La atracción era grande y los dos evadidos se han acercado cautelosamente (ya habían comprobado a través de su colega el que se había jugado el tipo que yo no suponía ningún riesgo) y han comenzado entre los tres la operación de acoso y derribo al descomunal insecto, pobre y minúsculo bichito al lado de esos tres animalillos. El coleóptero (sabe más el diablo por viejo que por diablo) ha ido esquivando los zarpazos y ha comenzado a trepar por la pared. De nuevo los dos aprovechados, viendo que no conseguían su objetivo, se han dado media vuelta en otras direcciones y el tercero, el avispado felino de los ojos azules, ha conseguido al fin derribar a su presa, haciéndola caer cuando ya casi estaba fuera del alcance de sus garras para, una vez arrinconada entre sus patas, juguetear con ella un poco y abandonarla algo más tarde sin haberle causado ningún daño.

He contemplado sonriendo cómo el escarabajo se alejaba a toda prisa, pegado a la pared, mimetizado, haciendo equilibrios sobre sus delgadas patas y seguramente sin ser consciente de la merced que la naturaleza le había concedido esa mañana al tropezarse con cuatro cachorros, uno miedoso, dos inexpertos y el cuarto demasiado bonachón, en vez de con un gato adulto y apaleado por al vida, el hambre y sus compañeros de camada, en cuyo caso su suerte hubiera sido bien distinta.

Y he pensado que al fin y al cabo no somos tan diferentes: el cobarde, el incauto, los aprovechados y la pobre víctima que salva la vida porque los incautos son a menudo generosos. Y me he preguntado, una vez más, quién coño nos creemos que somos nosotros, los humanos, para pensar que merecemos el honor de sobrevivir a la muerte en forma de ectoplasma, de fuego fatuo o incluso de reencarnación en lama tibetano. Claro que a lo mejor eso es lo que nos diferencia: que somos los únicos que vivimos con la certeza de que esto se acaba el día menos pensado. Y que precisamente por eso tenemos derecho a que nos pase como al escarabajo: que cuando todo parece estar perdido el de arriba nos mire con aburrimiento y lástima y nos perdone la vida.
Por guapos y por listos.

lunes, 12 de agosto de 2013





MI CUIDAD
 
Camino muy despacio y en la noche…
canícula e historia… viejas calles:
añejas piedras, bellos edificios.
Es mi ciudad, mi vida, mis raíces.
 
Camino y casi puedo adivinarla:
escuchar sus graníticas leyendas,
aspirar los efluvios que rezuman
por sus juntas yesosas y gastadas.
 
Camino y me recreo, me deleito…
Me siento afortunada de habitarla;
me abruma el peso de un pasado fértil:
tres barrios, tres culturas, tres tesoros.
 
Camino y se me llena la cabeza
da capas, de embozados, de mazmorras,
de rabinos, de cantos, de oraciones,
de tañer de campanas y de fiestas.
 
Camino lentamente, me detengo,
contemplo sus aleros, sus blasones,
sus arcos, sus barrocas balconadas,
sus rústicos faroles amarillos.
 
Camino y cada paso me convierte
en piedra y en rincón, en banco, en reja…
Camino por placer, nadie a mi lado:
solas yo y mi ciudad bajo la luna.
 

domingo, 11 de agosto de 2013





Y NO PARAS DE MIRARME…
 
 
Me persigues cada noche
como una sombra intrigante;
Me contemplas desde lejos
intentando devorarme;
te acercas a pasos cortos
mientras tus pupilas arden…
 
Y yo no te quiero ya,
y yo no deseo amarte:
y yo no quiero intentar
reparar lo irreparable…
 
…. Y ni siquiera te miro…
Y no paras de mirarme.
 
Y una vez más, me recuerdo,
derrotada y suplicante,
cuando tú me repetías:
“Es inútil engañarse…
no existe ningún motivo
para seguir adelante”
 
Lloré hasta quedarme seca;
grité hasta perder el aire…
agoté todas mis fuerzas
en la labor de olvidarte.
 
Pensé morir cada día
que no llenabas mis tardes,
no me sentía capaz
de ser yo misma un instante.
 
…. No me mirabas, y yo
no paraba de mirarte.
 
 
Y ahora, cuando lo recuerdo
me digo que no me amaste,
me digo que todavía
queda mucho por delante.
 
Por eso, cuando descubro
tu mirada suplicante
me sonrío para adentro:
“Mi niño… ¿no ves que es tarde?”
 
…. Y ni siquiera te miro
Y no paras de mirarme

sábado, 10 de agosto de 2013





EL VIEJO SOLDADO
 
Cuando se conocieron ella era casi una niña y el había vivido ya mil vidas. Pero eso no importaba, porque nada más verse sintieron que cada cual era lo que el otro había esperado: él el hombre viajado y experto a través del cual ella conocería los mundos a los que su inocencia y sus miedos le impedían asomarse y ella la muchacha dulce y cándida que llenaría los huecos que la visión del dolor de las gentes había dejado en su curtido corazón.
 
Pasaron juntos una veintena de años. Él le contaba historias de sus viajes por países lejanos, desmontando mitos y hablándole de culturas que pocos conocían. Dominaba seis idiomas y conocía el vocabulario básico de un buen puñado de lenguas. Sabía de los mitos y tabúes, de las leyendas que atemorizan a los pueblos y de las divinidades a las que adoran. Que son a menudo, solía decirle, la misma cosa. A veces él se despertaba en medio de la noche, los ojos en blanco, quebrado su descanso por el punzante recuerdo de la guerra. Entonces ella se pegaba a su cuerpo, en posición fetal, su espalda contra el vientre de él, y él la apretaba fuerte contra sí, y sus pesadillas se deshacían el la atmósfera de la habitación como lo hacen las volutas del humo en el ambiente enrarecido de un café. Ella nunca quiso preguntarle por aquellos días tenebrosos de los que él solo hablaba con soldados, cuando de vez en cuando celebraba una cena y a los postres ellos hacían un grupo y ellas otro. Jamás sintió la tentación de engañarlo con chavales más jóvenes y más próximos a su mundo y a su edad que se acercaban de vez en cuando a pedir recomendaciones a su esposo y cuyas insinuaciones siempre ignoró, manteniéndolas en secreto.
 
Él murió un día, de viejo y plenamente lúcido tras una larga enfermedad. Ella era joven aún. Joven y bella. No quiso aislarse ni guardarle luto porque él le había pedido que por favor no lo hiciera. Tampoco quiso, como dicen ahora, rehacer su vida porque él la había llenado hasta tal punto que estaba segura de no ir a encontrar jamás un hombre capaz de reemplazarlo. Le quedó una buena pensión, todo el dinero que él había ahorrado, la casa del pueblo y el piso en que habitaba. Puso el caserón en venta, cubrió con sábanas los muebles del gran apartamento y entonces sí, se fue ella sola a recorrer el mundo, a visitar los países de los que él le había hablado tantas veces, a recorrer los caminos que él le había descrito en tantas ocasiones. Y así siguieron los dos, por siempre juntos…
 
…….. Hasta el momento del último viaje.

viernes, 9 de agosto de 2013




ES LA SOLEDAD
 
Es la soledad plúmbeo sombrero
que aprisiona y comprime las ideas
cuando llega sin previa invitación
y se instala de pronto en la sesera.
 
Es compañera fiel, más bien okupa
que pronto nos vacía la despensa;
enojoso parásito que nunca
tiene la tripa lo bastante llena.
 
Es la incómoda piedra en el zapato
que arruina le velada a Cenicienta…
es el café cargado que en la noche
destila su negrura y nos desvela.
 
Es la soledad falsa, engañosa,
dorada, ambigua e irreal moneda:
dos reversos idénticos, o casi…
Un par de realidades paralelas.