EL CÓCTEL O EL EXILIO
Cuando el propietario del bar le dijo que le contrataba estuvo a punto
de saltar de alegría. Encontrar un curro, así por las buenas y tal y
como estaba el patio. Claro que él había sabido venderse. De algo le
tenían que servir sus estudios de empresariales y todos los años que
llevaba trabajando en el departamento de ventas de una multinacional.
Pero no le hacía ni puñetera gracia lo
de trasladarse a Alemania, más que nada porque el país le parecía más
bien frío y aburrido. Y el alemán nunca había sido su fuerte, se le
daban mejor el francés y el inglés.
Y porque aquello estaba en el culo del mundo. Y además tenía cuarenta años, dos hijos, una ex mujer y una novia.
A las cinco en punto estaba tras la barra, como un flan. Sus primeros
clientes fueron una familia que acababa de salir de un banquete de boda:
dos manzanillas, una de ellas con sacarina, un poleo menta, dos cañas
solas, una con limón, otra sin alcohol y con gaseosa, una coca cola
light, una pepsi, un cortado descafeinado de máquina con leche fría, un
café con leche desnatada, una fanta limón zero, un kas manzana y dos
botellines de agua, uno de ellos con gas y un zumo de naranja sin pulpa
para el niño, que estaba algo descompuesto.
Se frotó los ojos tras
escuchar el pedido y tuvieron que repetírselo seis veces, de resultas de
lo cual acabó poniendo azúcar en las dos infusiones, confundió los
refrescos de cola, sirvió tres cervezas negras y dos carajillos y en vez
de un zumo al chaval le adjudicó una copa de soberano. Y aún se atrevió
a ponerse gallito cuando los clientes se negaron a consumir las bebidas
y, por supuesto, a pagar la cuenta.
Se disculpó como pudo con
su jefe, argumentando que la hostelería había cambiado un poco desde
que, de crío, echaba una mano en el bar de su padre al salir del
colegio. Y que aquello era algo más complicado que servir botellines en
la cantina del cuartel, tarea que desempeñó durante los doce meses que
pasó en Melilla haciendo el servicio militar. Y que lo que había pasado
con el grupo que acababa de marcharse es que salían de una fiesta e iban
un poco tocados del ala. Y la habían tomado con él porque lo vieron un
tanto perdido.
El dueño lo miró con cierto aire dubitativo y se dijo
que bueno, vale, que al fin y al cabo todos los inicios son duros. Pero
le pidió por favor que no volviera a enfrentarse con nadie.
El siguiente conflicto lo tuvo diez minutos más tarde con una cuadrilla
de chavales que entraron a tomarse unos chupitos. Se escandalizó al
reconocer entre ellos a los hijos de alguno de sus amigos y se negó a
servirles, arguyendo que, pese a tener dieciocho años, eran demasiado
jóvenes para beber alcohol de tan alta graduación. Y que en sus tiempos
lo único que tomaban los adolescentes era cerveza, porque incluso los
cubatas estaban reservados para ocasiones especiales. Y que, además, las
seis de la tarde era demasiado temprano como para empezar con vodkas
negros y guarrerías de ese tipo. Fue nuevamente su patrón quien salvó
los muebles, sirviendo a los chavales una ronda de chupitos a cuenta de
la casa y llamando aparte a su nuevo camarero para recordarle quién
mandaba ahí y ya de paso advertirle que una queja más y lo ponía de
patitas en la calle. Aunque tuviera que reclutar para servir bebidas al
primer andrajoso vagabundo que pasase por la puerta.
De modo
que se mordió la lengua durante el resto de la noche, mascullando entre
dientes mientras servía bebidas imposibles y diciéndose que mejor era
eso que largarse a Alemania, por mucho que su empresa le pagase los
gastos.
Al filo de las tres de la mañana entraron por la puerta
su ex mujer y un tipo visiblemente más joven que ella. Aquello era
demasiado, se dijo, de modo que salió de la barra y le dio al fulano un
puñetazo de los de peli de Chuck Norris. El personal, que iba a esas
horas bastante cocido, se animó a participar en la pelea y al poco el
bar parecía el decorado de una peli de Tarantino.
La policía se
personó en el local alertada por los vecinos y, una vez en el calabozo
del cuartel, sacó el móvil y mandó un whatsapp al director de su empresa
diciéndole que en cuanto resolviese un pequeño contratiempo que acababa
de surgirle cogería el primer avión rumbo a Berlín.
#SafeCreative Mina Cb