jueves, 8 de agosto de 2013





DUERMO
 
Duermo:
cierro los ojos y se desvanecen
todas las inquietudes que me angustian.
 
Duermo:
siento cómo mi cuerpo me abandona
y flota, atravesando las paredes.
 
Duermo:
saboreo el vacío que se apropia
del cauce que transporta mi ideas.
 
Duermo:
juego con la rutina al escondite
y soy quien quiero ser por un instante.
 
Duermo:
me adentro en el castillo de los sueños
y vivo mil y un vidas diferentes.
 
 
Duermo:
Sueño y escapo un poco de este mundo…
Muero un poco en la noche… Dulce muerte.


miércoles, 7 de agosto de 2013








LA TORMENTA
 
El día había amanecido gris y tontorrón, como una lógica reacción de las nubes al calor asfixiante de las jornadas anteriores, cuando el cielo se amohinaba a media tarde y al final no caían más que cuatro miserables gotas que no hacían sino recalentar el suelo y llenar el barrio de mosquitos. No faltaba, como siempre, el agorero, el abuelo de campo que decía que aquello pintaba mal, que al final había de descargar una tromba de las gordas que daría al traste con toda la cosecha “Una como la del 34, que dejó al pueblo aisláo y además fue con granizo y jodió todas las vides… y todo por desviar el río; que ya se sabe que a la naturaleza no se le pueden tocar los huevos”, repetía el viejo en la taberna. Y la respuesta era un coro de risas y una voz que decía “Déjese usted de predicciones que ya nada es como entonces… Ahora hay diques, y desagües… y bomberos, y servicios de protección civil… y por ese río bajan dos gotas de agua”
 
El cielo se fue encapotando poco a poco y por la noche no se veía ni una estrella. Soplaba un viento abrasador y recio y a eso de las dos de la madrugada se desató la tempestad: rugieron los truenos y el firmamento se abrió en dos, como el Jordán en tiempos de Moisés, dando paso a un diluvio que caía violento y desatado. En pocos minutos las calles se convirtieron en torrentes por las que corría el agua que el insuficiente cauce del río y los estrechos desagües eran incapaces de albergar, arrastrando a su paso todo lo que hallaba: contenedores de basura, sillas de terrazas, coches incluso…
 
Me despertó el estruendo de los vecinos gritando en la escalera. Los pisos inferiores estaban inundados y todos corrían en dirección a los más altos. Salí al rellano en camisón y pude comprobar cómo el agua iba ascendiendo, milímetro a milímetro, salvando los peldaños que conducían a mi casa. Y aunque intenté convencerme a mí misma de que era casi imposible que el edificio quedase anegado por completo, tuve miedo. Miedo de morir. Me invadió el pánico. No sé nadar. Llamé a los servicios de protección civil pero estaban colapsados. Tuve una crisis e intenté salir a la calle pero los vecinos me lo impidieron. Subí a la terraza, dos pisos más arriba, y me apoyé en la barandilla. No paraba, no parábamos de mirar al cielo en busca del atisbo de cualquier estrella, de un tenue rayo de la luna, de un levísimo claro en la negrura…De un anuncio, en resumen, de que aquella pesadilla se acababa. Pero el cielo no nos devolvió sino relámpagos y lluvia.
 
Al día siguiente en las noticias dijeron que la tempestad había durado cuarenta minutos.
 
Puede ser… A mí me pareció una eternidad.
 
 

lunes, 5 de agosto de 2013




LA FLAUTA DEL ABUELO
 
No molaba nada el campamento deportivo. Le gustaba más cuando lo mandaban a pasar los veranos al pueblo con los abuelos y podía ir al campo con el yayo, que le dejaba jugar con las azadas y comerse los tomates a mordiscos, sin lavarlos, después de haberlos arrancado de las matas.
 
Este año su padre se había empeñado en mandarlo a una de esas colonias que organizan los clubes de fútbol importantes. Se lo dijo un día, a final de curso, cuando ya estaba seguro de que el chico aprobaría todas las asignaturas. Se lo anunció como el acontecimiento de su vida, como la oportunidad de oro para la que sólo unos pocos eran seleccionados. Su expediente académico, le comentó orgulloso, había sido fundamental para que lo admitieran.
 
Pues vaya una mierda, pensó el chaval, lamentando haberse quemado las pestañas durante todo el curso para sacar buenas notas y poder pasar el verano sin dar golpe en la casa del pueblo. E intentó explicarle a su padre que el fútbol no le interesaba, que él no había nacido para darle patadas a un balón, y que lo que realmente le gustaba era ir a pescar al río, y jugar con los gatos en el corral, y tocar la flauta de caña que su abuelo y él habían construido… porque lo que él quería era ser músico ambulante, y recorrer los pueblos en época de feria, y beber en las tabernas y comprar pan y chorizo con las monedas que la gente le entregase.
 
Su padre lo miró, sin atreverse a darle un tortazo, y acabó de prepararle la maleta mientras mascullaba entre dientes algo relativo a los cuentos del abuelo, ese loco que le estaba llenando de pájaros la cabeza. Asistió al maldito campamento donde no hizo otra cosa que perder el tiempo miserablemente.
 
Al año siguiente no aprobó ni una sola asignatura.


domingo, 4 de agosto de 2013




AL FIN DOMINGO
 
¡Al fin domingo! Toda la semana trabajando como un esclavo y aquí estaba el domingo, su único día libre. Antes libraba también el sábado, pero desde que en la granja habían empezado con los ajustes anticrisis y los eres, no le había quedado otro remedio que tragar y trabajar más horas. O eso o a la calle. Y no estaban los tiempos para tonterías. Y más teniendo en cuenta que además de para sus gastos tenía que ganar para pagarle la pensión a su ex. Y al pequeño que habían tenido. Que, por cierto, hoy le tocaba pasar el día con él. No había salido muy bien parado en el juicio del divorcio. Ya le dijo su madre cuando iba a casarse que las leonas de la sabana tenían mucho carácter y que por qué no se buscaba una hembra un poco más mansa. Pero él adoraba a esa hermosa bestia de grandes ojos y redondas orejas. Incluso ahora, pese a tener que mantenerlos, a ella y al melenudo que se había instalado en su antigua casa sin que él pudiera hacer nada por evitarlo para calzarse a su ex mujer y llenar de pelos su sofá de piel de neozelandés.
 
Después de comer el pequeño le pidió que lo llevase al zoo. Le contó que en el cole habían estado hablando de las distintas especies humanas y quería verlas. Él le respondió que de acuerdo, pero que tuviera en cuenta que no se les podía echar comida porque ya se encargaban los guardianes del parque de alimentarlas, y que nada de molestarlas o de lanzarles piedras porque entonces llegaría el vigilante, los expulsaría y les pondría una multa.
Pagó las entradas (un pequeño capital para su maltrecha economía), compró un paquete de chucherías a su hijo y pasaron allí el resto del día, paseándose entre las jaulas y contemplando cómo las diferentes especies humanas comían, bebían, sesteaban, tomaban el sol o incluso fornicaban sin ningún pudor ante los escandalizados ojos de un grupo de viejas elefantas que, pese a todo, no paraban de tomar fotos del acontecimiento.
 
Era casi de noche cuando la sirena anunció el final del horario de visita. El pequeño refunfuñó un poco: le hubiera gustado quedarse un ratito más y ver cómo daban de comer a las personas, pero su padre le dijo que era un acto sumamente desagradable y por eso lo hacían a puerta cerrada, de modo que ambos se dirigieron hacia la salida lenta y perezosamente, contemplando a su paso cómo algunos de los cautivos descansaban ya, plácidamente. La escena de una madre acunando a su bebé llamó la atención del cachorrillo, que dijo a su padre con tristeza: “Qué pena, papá… nacer entre barrotes y pasar la vida encerrado en una jaula, sin hacer otra cosa en todo el día que comer y dormir, dejándote fotografiar como si fueras un fantoche, sin derecho a opinar o a rebelarte, sin ninguna libertad…”
 
No pudo responderle. Lo llevó a su casa donde lo esperaban su madre y el okupa que se la tiraba cada día y después volvió al cuartucho donde habitaba desde hacía varios meses. Consultó el reloj: eran las once y a las tres tenía que ponerse en marcha. Una semana más en la cadena de horarios y obligaciones en que su vida se había convertido. Se durmió casi al momento: soñó que corría tras una gacela, el sol en lo alto, la brisa alborotando sus crines. Majestuoso y arrogante. Una imponente fiera en libertad.

sábado, 3 de agosto de 2013







LOS FANTASMAS
 
En uno de esos museos a los que el patrimonio se les sale por las orejas vi esta sala de estatuas abandonadas, amortajadas casi. Y me impresionó enormemente. Y tomé la foto con la idea de un día, escribir algo sobre ellas, sobre esas pobres, tristes, anodinas estatuas olvidadas.
 
…………………………..

Fueron bellas y bellos. Fueron dioses.
Fueron efebos, vírgenes, guerreros.
Fueron héroes alados. Fueron mitos.
Fueron doncellas cándidas y blancas.
 
Fueron antes que nada sólo piedra:
Fueron bloque incorpóreo, inmaculado.
Fueron inspiración, fueron boceto…
Fueron maza y cincel. Fueron montaña.


Fueron nubes de polvo blanquecino.
 Fueron sangre y sudor. Fueron insomnio.
Fueron pasión y rabia desatada.
Fueron mirar alrededor de lejos.
Fueron imperfección, fueron retoque.
Fueron obra por siempre inacabada.
 
Fueron después testigos silenciosos.
Fueron colosos, fuentes, parteluces…
Fueron el esplendor, fueron la gloria.
Fueron el lujo de una edad lejana…
 
No fueron sólo estatuas, fueron libros:
Fueron y son historia y tras sus blancas
pétreas y ciegas cuencas oculares
duermen mil hombres… Yacen mil fantasmas.

 

 

 


viernes, 2 de agosto de 2013





EQUIVOCARSE “ERA” HUMANO
 
No puedo más. Lo confieso. Quiero volver a ser imperfecta. Reivindico el derecho a perderme, a confundirme, a quemar las lentejas… Estoy hasta el gorro de correctores, de navegadores, de programadores… Quiero ir de Murcia a Zaragoza pasando por Badajoz, dejarme la puerta del coche mal cerrada sin que el ordenador de abordo me haga sentir una delincuente y escribir vurro con v porque me da la gana sin que el puto corrector me subraye la palabra o, lo que es peor, me la cambie de ortografía sin siquiera pedirme opinión. Quiero desprogramar el móvil para que en la lista de contactos no me aparezcan, aparte de mis amiguetes, todos los agregados que tengo en el face. A ver, no es que yo tenga nada en contra de mis amistades cibernéticas, pero veo bastante improbable que me dé a mí por llamar a uno de mis colegas argentinos para que venga a echar un mus mañana por la tarde. Y luego que con tanto personal la pantalla de mi móvil empieza a parecer la lista de los títulos de crédito de una superproducción de Cecil B de Mille, que casi duraba más la parte de las letras que la peli. También quiero que mi gps se vuelva inteligente, esto es, interprete mis tacos y sepa, en cuanto escuche el primer “tuputamadre”, que si no puedo coger la dirección que él (o ella) me indican es porque en mitad de la calle Marqués de la Ensaimada hay media docena de excavadoras y una zanja de doce metros de profundidad. Quiero que esa placa de inducción tan moderna y tan eficientísima que tengo en la cocina se haga amiga de mi gato, y entienda de una repajolera vez que no es necesario que se bloquee y se niegue a funcionar cada vez que el pobre bicho aposenta sus reales sobre su hipersensible célula fotoloquesea. Quiero que la caja del supermercado no muestre en su visor la expresión “no existe” cuando la cajera coloca ante el escáner el paquete de galletas que yo he escogido para merendar aquella tarde. Quiero que el cajero automático no me diga “Cajero no operativo. Inténtelo en otra sucursal” a las tres de la mañana, en Pernambuco y sabiendo que el barrio donde se halla la “otra sucursal” está, además de lejísimos, plagado de delincuentes. Quiero poder desactivar las puñeteras ventanas emergentes que aparecen en la pantalla de mi ordenador sin que yo sepa muy bien cómo han llegado hasta allí. Quiero que cuando llamo por teléfono a la compañía eléctrica, a medianoche y en febrero, una maquinita parlanchina no me pida el número de contrato una y otra vez mientras yo intento explicarle que cómo demonios quiere que busque el contrato, lea la cifra y la teclee si el motivo por que los llamo a esas horas es precisamente porque se ha ido la luz. Quiero que los secamanos automáticos no me obliguen siempre a volver a la cabina del retrete a buscar papel mientras voy dejando un reguero de gotitas.  Quiero que el segurata del aeropuerto no me deje en bolas delante de todo el personal porque el escáner ha confundido mi polvera con una mina antipersonas…
 
Quiero, en resumen, que me den el derecho a equivocarme, a expresarme, a cabrearme, a protestar y a pillarme rebotes antológicos… Reivindico desde aquí mi condición humana e imperfecta: exijo que el estado me dote de un dispositivo capaz de comunicarme de forma eficaz e inteligente con todos esos engendros cibernéticos. O, en su defecto, que me faciliten un hacha.
 
Para reventarlos.


jueves, 1 de agosto de 2013




CUANDO NO TE VIENE
 
Es gracioso lo nuestro. Lo de las mujeres digo. Desde el momento en que tenemos conocimiento, allá por los nueve o diez años (al menos en mis tiempos, ahora me imagino que muchísimo antes) del cambio que se va a operar en nuestro organismo una vez llegada la pubertad, nos pegamos meses soñando con cómo será todo, esperando el gran momento de abandonar la infancia para adentrarnos por ese apasionante y sinuoso sendero que lleva a la edad adulta y leyendo los prospectos de las cajas de tampones de nuestras hermanas mayores como si en vez de a la menstruación esperásemos a Brad Pitt vestido de mosquetero.
Pero de eso nada. Una vez que descubrimos en qué consiste el tema, una vez que el gran misterio nos es desvelado, una vez que pasamos nuestra primera semana postradas en el sofá, llorando a moco tendido y atiborrándonos de chocolate y analgésicos, de lo único que nos quedan ganas es o bien de volver atrás o bien de avanzar unos cuarenta años, plantarnos en la menopausia y dejar que sea la cigüeña quien se ocupe de los niños. Aunque los traiga de París y tengamos que fundirnos una pasta en intérpretes.
 
De hecho, yo creo que sólo hay un momento en la vida de una mujer en que ésta eche de menos la llegada de “esos días”.
Y es cuando no llegan.
 
Y es que, lo que son las cosas, generalmente echamos pestes cada vez que ella se presenta, fastidiosa e inoportuna, pillándonos por sorpresa y reventándonos esa velada romántica que teníamos preparada desde hacía varios meses, o ese maravilloso conjunto de ropa interior que acabábamos de estrenar, o ese fin de semana de aventura, sesión de submarinismo incluida, en el que nos habíamos fundido una pasta gansa. Pero ay de nosotras si no se presenta en el plazo establecido, porque entonces la existencia se convierte en un sinvivir, en una peregrinación de viajes al lavabo, en un mirar el calendario a todas horas, en una hipocondría que nos produce náuseas y mareos a cada instante, en una angustia permanente, en un no dormir, no comer, no pensar, en un ver pasar los días como si nuestra vida se fuera a terminar mañana, en un ir, poco a poco y sin apenas darnos cuenta, mirando de soslayo las vitrinas de las tiendas de ropa infantil, o llorar viendo los anuncios de potitos, o entrar a la farmacia a comprar un predictor y al final no atrevernos y salir con una caja de tiritas… o mirarnos al espejo y vernos ojerosas y pálidas, o tener la impresión de que la ropa se nos queda pequeña, o empezar a pensar cómo se lo vamos a contar a él, cómo vamos a explicarle que resulta que aquella noche que le dijimos que adelante, que no había ningún riesgo, igual sí que lo había. Y que se han terminado las salidas nocturnas durante al menos los próximos diez años, y que de lo del viaje a los Fiordos casi mejor que nos vayamos olvidando. Y al final nos armamos de valor, lo hacemos sentarse en el sofá, le acercamos la botella de Martini y lo soltamos, temblorosas como hojas, gimoteando y con un hilo de voz “miracariñocreoquevamosaserpadres”. Y él, en vez de beberse el Martini se va a la nevera y descorcha una botella de champán, y empieza a mandar mensajes a todos sus contactos, y llama por teléfono a su madre, y no sabes muy bien cómo te encarga un ramo de flores que te traen a casa casi en el momento, y te lleva a cenar al restaurante más caro de la cuidad, y se pega la velada eligiendo nombres y universidades, y por la noche te hace el amor con una ternura que nunca jamás habías experimentado.
 
Y a la mañana siguiente, cuando te levantas, descubres que sólo era un retraso.